Gómez de la Serna la llamó “bruja buena”, Dalí la definió como “mitad ángel, mitad marisco” y Joaquín Torres-García la consideraba una artista “personalísima”. Maruja Mallo (Ana María Gómez González-Mallo, Viveiro, Lugo, 1902- Madrid, 1995), luminaria del surrealismo español, fue una de las figuras más intensas y originales de la Generación del 27. El Centro Botín de Santander le dedica una exhaustiva retrospectiva, coproducida con el Museo Reina Sofía, Máscara y compás. Pinturas y dibujos de 1924 a 1982, que presenta más de noventa pinturas, además de dibujos que trazan toda su carrera: desde el realismo mágico de sus primeros años hasta las configuraciones geométricas y fantásticas de sus últimas obras. Su comisaria, Patricia Molins, nos habla de esta artista visionaria, cuya obra, que se movía entre lo popular y lo vanguardista, logró reflejar las preocupaciones de su época y anticiparse a muchas de las nuestras.
¿Qué aspectos le resultan más fascinantes de su persona y trabajo? Su técnica compleja y elaborada, que no puede apreciarse en las fotografías, es admirable. Pero creo que es su imaginación lo más sorprendente, su capacidad para crear una obra trascendente y a la vez cercana a todos los públicos, en la que presenta una cosmovisión femenina integradora, una nueva mitología en la que resuena lo ancestral y lo contemporáneo, la magia y la ciencia, la belleza y el dolor.
¿Qué obras son claves? Creo que las verbenas fueron fundamentales, con ellas rompió con la imagen gris y pesimista de la pintura académica y abrió una vía nueva al arte, en la que plantea cómo encontrar un lenguaje y una iconografía acorde con la democracia y la sociedad de masas, que no de la espalda a la realidad pero tampoco la imite. Y encuentra un lenguaje compositivo fragmentado, mediante yuxtaposiciones y superposiciones, que rehúye la narración pero recoge la multiplicidad y al mismo tiempo la individualidad del universo. La serie de La religión del trabajo, ligada a la Guerra Civil, es también sorprendente, sobre todo si la enfrentamos a la obra propagandística de muchos de sus compañeros. Introduce una visión circular de la relación entre la humanidad, representada por campesinas y pescadoras, y la naturaleza que es un homenaje a la vida frente a la muerte y la derrota en la contienda.
Y también destacaría sus fotografías. A diferencia de otras artistas, ella no pintó autorretratos, aunque podemos reconocer su figura en alguna obra. Sin embargo utilizó la foto para retratarse como mujer y como artista, dos aspectos que consideraba indisolublemente unidos.
En la exposición hemos reproducido las maquetas que realizó para una ópera bufa a partir de un episodio del Quijote en 1936. No pudo representarse por el estallido de la guerra. Con ello queremos poner de manifiesto el valor de la obra perdida, pero también subrayar la importancia del teatro en su trabajo. Ella consideraba que el arte debía de presentar la realidad superándola, llevándola a un orden perfeccionado y visionario, y en ese sentido el recurso a la teatralidad está muy presente en su trabajo y en su propia imagen.
Según su catálogo razonado, apenas dejó un centenar de cuadros (147). La razón es que trabajaba muy despacio, y dedicó largos periodos de su vida a la investigación teórica y a los estudios preparatorios de su trabajo. Pero las vicisitudes de su vida hicieron que su obra se dispersara y muchos cuadros se perdieran. Confiemos en que algunos de ellos sigan apareciendo… [Vanessa García-Osuna. Foto: Maruja Mallo en su estudio de Madrid, mayo de 1936. Fotografía de Arte Casa Moreno. Museo Reina Sofía. Colección Archivo Lafuente © Maruja Mallo, VEGAP, Santander, 2024]







