A pesar del creciente interés por las cuestiones de género en la historia moderna, la muestra Mujeres en el Nápoles español. Otro Seicento es la primera dedicada íntegramente al papel de las mujeres en las artes figurativas y escénicas en la capital del reino meridional, un tema que hasta ahora no se había tratado de forma sistemática y que nunca se había abordado en una exposición. La iniciativa, que ha exigido un gran esfuerzo científico y organizativo, pretende constituir un sólido punto de partida para cualquier investigación futura en un campo de estudio aún fragmentario. La historiografía sobre el arte napolitano del siglo XVII se ha centrado hasta ahora casi exclusivamente en la figura de Artemisia Gentileschi y su larga temporada en el sur, lo que ha tenido como consecuencia que se haya proyectado una sombra sobre sus colegas contemporáneas en Nápoles. A través de nuevas investigaciones de archivos, restauraciones y campañas fotográficas, esta exposición ha ampliado la mirada sobre todo el siglo, con el objetivo de recuperar hechos y momentos de la historia artística que habían quedado confinados en la bibliografía especializada, para ofrecer al público una visión global inédita. El recorrido parte de las escasas pero decisivas presencias en Nápoles de obras de artistas «extranjeras» como Fede Galizia y Lavinia Fontana. Realizadas a principios de siglo, en un sugerente paralelismo con las novedades introducidas por Caravaggio, estas obras dan testimonio de las densas tramas comerciales, coleccionistas y sociales de las que la ciudad fue cruce de caminos. De especial relevancia —por tratarse de un tipo de obra poco habitual en aquella época para las mujeres artistas— son los dos retablos de la milanesa Galizia, los primeros que se conocen, encargados respectivamente en 1610 y 1611 para la comunidad lombarda de Nápoles, y el pintado por la boloñesa Fontana, enviado desde Roma en 1612 a Piano di Sorrento, una pequeña localidad de la costa sorrentina.

De esta última, se ofrece también una notable serie de retratos, género por el que fue justamente celebrada, que llegaron a Nápoles —aunque bastante tarde— a través del coleccionismo de ilustres familias: el de un monje cartujo, conservado en Capodimonte, y los magníficos retratos de Carlo Sigonio y Federico Pendasio, refinados intelectuales y profesores de la Universidad de Bolonia, recién identificados en una colección privada y expuestos por primera vez. Un momento crucial en la historia del siglo XVII napolitano, y por lo tanto en el recorrido expositivo, es la estancia de la infanta María de Austria, hermana de Felipe IV y reina de Hungría, entre agosto y diciembre de 1630; un acontecimiento de gran repercusión «mediática», con importantes implicaciones para el arte y la historia de género. Los puntos álgidos de esta coyuntura son el retrato de la infanta realizado en Nápoles por Diego Velázquez (procedente del Museo del Prado) y el de Maddalena Ventura, la famosa «mujer barbuda» de los Abruzos, de impactante realismo, realizado por Ribera para el virrey duque de Alcalá (préstamo excepcional de la Fundación Casa Ducal de Medinaceli).
En este mismo contexto ferviente se sitúan tanto la llegada de Artemisia (1629) —de la que se presentan pinturas nunca expuestas en Italia, cedidas por museos de Boston, Sarasota y Oslo— como la breve y desafortunada estancia en la ciudad de Giovanna Garzoni (1630), dedicada esencialmente a la miniatura.

La exposición reserva un amplio espacio a la personalidad y la red de relaciones de Diana Di Rosa, la primera pintora autóctona, una especie de equivalente napolitana de Gentileschi. De hecho, su memoria también se vio condicionada durante largo tiempo por el mito romántico de un trágico uxoricidio: según el biógrafo Bernardo De Dominici, Diana fue asesinada por su marido, el pintor Agostino Beltrano, en un arrebato de celos al sospechar que tenía una relación con el maestro común Massimo Stanzione. Una leyenda sombría que, aunque carece de fundamento histórico, como revelan las investigaciones archivísticas modernas, oscureció su verdadera identidad y alimentó hasta el siglo XX dramas teatrales, relatos y pinturas históricas.
Una sección especial se consagra a dos famosas divas napolitanas del siglo XVII: Adriana Basile, la cantante más importante de la época, codiciada por las cortes italianas más prestigiosas, y Giulia De Caro, cuya extraordinaria trayectoria vital —de prostituta a empresaria teatral— constituye un impresionante ejemplo de emancipación femenina y redención social. Junto a nombres consagrados, la exposición también destaca figuras menos conocidas hoy en día, como Teresa Del Po, activa entre Roma y Nápoles —«pintora, miniaturista muy diligente y grabadora en aguafuerte muy precisa», según la definición de Leone Pascoli—, o la ceroplasta Caterina De Julianis. Estas dos últimas artistas, en particular, ilustran la contribución femenina en el ámbito, solo aparentemente menor, de las artes aplicadas: también en este caso, su presentación se enriquece con la comparación con ejemplos producidos en su entorno; en el caso de De Julianis, se propone un diálogo estimulante con la escultora barroca andaluza Luisa Roldán, exponente de esa misma cultura mediterránea de la que Nápoles, como centro de primer orden en el sistema imperial español, era naturalmente parte integrante. Giuseppe Porzio es co-comisario de la exposición, y profesor asociado de Historia del Arte Moderno en la Universidad de Napoli L’Orientale. Hasta el 22 de marzo. Intesa Sanpaolo Gallerie d’Italia. Nápoles. Group.intesasanpaolo.com












