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    La tierra prometida de Florence Cathiard

    Florence y Daniel Cathiard se conocieron cuando ambos formaban parte de la selección nacional francesa de esquí. Tras la venta de su grupo de empresas familiar heredado, en 1990 compraron un legendario viñedo, el Château Smith Haut Lafitte, un “terroir” a 20 minutos de Burdeos, cuyas primeras cepas fueron plantadas en el siglo XIV, donde hay piedras semipreciosas depositadas por el Garona hace un millón de años. Orgullosos de la excelencia de sus vinos, con una agricultura orgánica y biodinámica, y de las extraordinarias propiedades de las pepitas de sus uvas para la piel, la familia ha creado una línea cosmética, Caudalie, término que describe la persistencia aromática en boca al final de la degustación de un vino expresada en segundos. Los Cathiard comparten su amor por sus viñedos con la pasión por el arte. Entre sus viñas se elevan esculturas monumentales de artistas de renombre internacional, como Barry Flanagan, Mimmo Paladino, Anthony Caro, Ernesto Neto, además de autores locales con el propósito de estimular su carrera, como una forma de mecenazgo. El pasado mes de septiembre Carlos III de Inglaterra finalizó su primer viaje oficial a Francia como rey con una visita a esta emblemática bodega cuyos dueños son también patrocinadores de BAD+, la feria de arte contemporáneo de Burdeos fundada por Jean-Daniel Compain, cuya próxima edición se celebra del 29 de mayo al 2 de junio. Conversamos con Florence Cathiard sobre la conexión entre el arte, la naturaleza y el placer de los sentidos.

    ¿Cómo llega al mundo del vino? Soy copropietaria con mi marido, Daniel, de los viñedos Château Smith Haut Lafitte. Nuestro amor por el arte se plasma en nuestras viñas rodeadas de esculturas monumentales, expuestas al aire libre, a la lluvia, al sol, y que son visitadas por todo el mundo que quiera pasearse libremente por ellas. Nuestra relación con los viñedos tiene una larga historia pero, por resumir un poco, nos conocimos en la selección francesa de esquí cuando éramos estudiantes y creamos una línea de ropa deportiva de alto nivel. Vimos que teníamos que involucrarnos en el mundo de los negocios lanzando una cadena de tiendas de ropa de deporte; funcionaba muy bien y al cabo de 20 años decidimos venderla para cultivar nuestros propios vinos en Burdeos, ya que beber un Cabernet negro en las pistas de esquí, aunque es el vino más digestivo, tenía que ser autorizado por el equipo de Francia y esto era una pesadilla.

    ¿Cuál fue su primer contacto con el arte? En mi niñez, porque tuve la suerte de tener dos padres profesores de filosofía y de arte clásico, y me llevaban a los museos cuando estábamos de vacaciones.

    ¿Recuerda su primera compra? ¡Perfectamente! Fue una gran liebre de 5,40 metros de Barry Flanagan, Hospitality, que ha llegado a ser el icono de nuestro Château. Fue una adquisición complicada y seguro que hoy no podríamos tenerla. Cada obra de nuestra colección tiene una historia detrás; Barry llegó a convertirse en un amigo y la última vez que vino a visitar su escultura, antes de fallecer, estaba ya muy enfermo.

    ¿Cuándo se sintió coleccionista de arte? No me siento así, y Daniel tampoco. Lo que al principio fue una pasión íntima ha durado 20 años y hemos tenido el privilegio de poder compartirla con nuestros visitantes; simplemente cuando se fue haciendo más grande decidimos mostrar el resultado de nuestra pasión por estas obras tridimensionales que nos gusta ver en todas las estaciones de la viña, como si fueran pequeños bonsáis, tanto en invierno como en verano, entre luces y sombras. Nos encanta pasear por las viñas alrededor de nuestras obras y escuchar las reflexiones de la gente que, aunque a veces no comprendan nada, se emocionan, viven una experiencia estética y esto nos llena de gozo. Nos alegra la reacción del público frente a las obras de arte y evidentemente ¡frente a nuestros grandes vinos!.

    ¿Cómo fue evolucionando su colección? ¿Han ido cambiando sus gustos? No mucho; nunca nos hemos sentido atraídos por el concepto puro, por eso hay expertos que tratan de decirnos que si no compramos “estas 3 barras que representan la familia” es que no hemos comprendido nada del arte conceptual. Nosotros sentimos la necesidad de experimentar una emoción, que no sea solamente estética o puramente decorativa, porque nos gusta sentirnos provocados, pero no gratuitamente, y también sentirnos estimulados con unas obras que nos lleven a interrogarnos sobre nuestra relación personal con ellas y, en general, sobre la relación de la obra con su generación ya que, a menudo, los artistas van por delante de su tiempo… [Marga Perera. Foto: Thibaud Moritz]

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