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    Oliva Arauna, reinventar la pasión

    La palabra que más repite Oliva Arauna es “pasión”, con la que defendió una línea de vanguardia que, a veces, era acogida con desconcierto por sus clientes. Ese gusto por asumir riesgos y no escatimar esfuerzos en aquello en lo que cree lo heredó de su padre, el editor Francisco “Pancho” Pérez, cofundador de Santillana, quien también le inculcó el amor al arte y el compromiso con la cultura. Desde 1985, y durante treinta años, su galería fue un mirador de las tendencias más novedosas, el lugar en el que familiarizarse con medios de presencia casi marginal en el mercado español, como la fotografía, el vídeo o las instalaciones. En 2015 puso fin a esa etapa, aunque no se desvinculó del mundo del arte, sino que siguió unida a él a través de su faceta como coleccionista. Ahora, fusiona sus dos vocaciones, en Almacén Abierto, un espacio con el que pretende dar un giro al concepto tradicional de galería. Ubicado en Tetuán, el nuevo barrio de moda de la capital, es una nave industrial en la que se exponen obras de su colección particular junto con otras que están a la venta. Recién llegada de la feria Artissima de Turín nos cuenta que le han llamado la atención “obras de maestros como Michelangelo Pistoletto en la galería Continua y piezas maravillosas de Nicola de Maria, un italiano de la Transvanguardia, en el stand de Giorgio Persano. Los galeristas estaban bastante satisfechos de las ventas”. Estos días además ultima los preparativos de una exposición sobre su colección en el Centro de Arte Alcobendas (Madrid) que se inaugura el próximo mes de febrero.

    ¿Qué es Almacén abierto? Es una nave de 350 metros cuadrados que originalmente compré pensando en mi hija. Al cabo de un tiempo, sin embargo, se me ocurrió la idea de montar un almacén abierto al público. Cuando tenía mi galería, la obsesión de todo el mundo era entrar a los almacenes para ver las obras que ahí se guardan, aunque siempre les advertía que estaban todas embaladas. Me pareció que podía ser una buena fórmula abrir un local al que la gente venga a curiosear. Expongo algunas obras de mi colección particular, pero otras no, y esas están a la venta. Es que de algunos artistas con los que he trabajado tengo más de una edición de la misma obra, y no quisiera dejarles a mis hijos un problema de esa envergadura…

    ¿Los tiempos actuales demandan otro tipo de galerismo? Efectivamente. Y este espacio rompe barreras con lo que ha sido el galerismo en el siglo XX, porque, si acaba funcionando, le pediré a algún artista que me haga un proyecto o una obra específica, pero sin la necesidad de tener que asumir la representación de ese artista. O sea, se trata de buscar formas novedosas, alternativas para no tener que estar pendiente de que hay 30 obras en tu galería que tienes que vender; porque si no ¿qué le cuentas al artista, por mucho que estén producidas por ti? Cuando tienes una obligación, de vender o de comprar, no le puedes devolver al artista sus piezas diciéndole que no ha pasado nada… Por otro lado, apenas se hace crítica de arte en los periódicos. Entonces ¿qué le puedes ofrecer al artista si la gente ya no acude a la galería?.

    Abrió la suya en 1985 y la cerró treinta años después. ¿Cómo cambió el mercado en ese tiempo? Cambió mucho. En los años 80 era complicadísimo vender un artista extranjero en España; aquí solamente querían a españoles. A las inauguraciones venía tanta gente que se desbordaban las aceras, era pasmoso. En los años buenos vendíamos más y en los peores menos, pero había una emoción, un sentir generalizado de querer ver y conocer cosas nuevas. Existía la sensación de que estaba todo por hacer, como de hecho así era. Tampoco había asociaciones de galerías serias que fomentaran la unión del gremio y nos permitieran compartir información, ni había museos de arte contemporáneo. Recordemos que el Centro de Arte Reina Sofía se inaugura en 1986, y hasta entonces esto era prácticamente un páramo. No solamente pasaba en España, sino casi en todas partes. Recuerdo cuando iba a Art Basel – al principio de visita y, a partir de 1991, ya como expositora – ahí todos éramos iguales: nos saludábamos, nos hacíamos comentarios sobre las obras que llevábamos… Ahora, en cambio, ya no sientes ese entusiasmo colectivo, es todo más individual. Y eso hace que las cosas se hagan más difíciles, porque no puedes salir adelante sólo.

    ¿Quién le inculcó su afición al arte? Siempre bromeo diciendo que mis padres nos hacían un chantaje. Los domingos nos daban un dinero para ir a tomar el aperitivo a un sitio muy emblemático que había en Madrid, enfrente de la embajada americana, pero antes teníamos que pasar por un museo. Luego, a la hora de comer, nos pedían que les contáramos qué habíamos visto. Creo que es una fórmula inteligente porque no hay que llevar a los niños siempre de la mano: cuando lo haces, acaban mirando poco. Hay que conseguir que los jóvenes miren de otra forma, no por imposición ni por obligación, sino por pasión… [Vanessa García-Osuna. Foto: Alfredo Arias]

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