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    La rebeldía poética de Mari Chordà

    A sus 81 años, Mari Chordà (Amposta, 1942) sigue pintando y escribiendo poemas. En pleno franquismo, en un pequeño pueblo, que en los años 50 tendría unos 12.000 habitantes, y sin ningún referente previo, empezó a pintar vaginas y coitos, años antes de la revolución del arte feminista en Estados Unidos liderada por Judy Chicago y Miriam Shapiro. En esta entrevista rememora su paso por París tratando de introducir las corrientes feministas en el comunismo; tras un esfuerzo infructuoso, se centró en Amposta y Barcelona, donde desplegó una gran actividad sociocultural y feminista. El éxito le llegó en 2015, a raíz de que la Tate Modern de Londres, seleccionara dos de sus trabajos, La gran vagina (1966) y Coitus pop (1968), para la muestra colectiva The world goes pop. Posteriormente, el Museo Reina Sofía, el MNAC y el MACBA también adquirieron obra suya.  A pesar de estar en museos importantes, Mari Chordà no estaba representada por ninguna galería hasta que la Galería Mayoral apostó por ella; primero, en su espacio de Barcelona, con una exposición, inaugurada en noviembre de 2021, que reivindicaba su aportación como pionera del feminismo y de la expresión visual del cuerpo de la mujer y de la sexualidad femenina, y en la que se mostraron once obras creadas entre 1962 y 1969. Tras el éxito de esta presentación, le siguieron dos más en la sede que Mayoral tiene en París: Feminist landscapes y Breaking the rules (una colectiva de artistas mujeres que pudo verse la pasada primavera) además de presntarla en al feria ARCOmadrid. Estos días participa en la galería Imaginart de Barcelona en una exposición, Mitologies de la Llar, de artistas vinculadas al feminismo.

    Usted nació en Amposta y ya de niña era la rebelde del pueblo Sí, sí, es cierto, yo era la rebelde y Amposta fue para mí un lugar privilegiado; muchas chicas del pueblo éramos artistas y tuvimos la suerte de que, hacia 1950, el Casino Ampostí, empezara a organizar exposiciones de artistas locales, nacionales e incluso a veces internacionales. Para mí fue fundamental porque ilusiona tener un espacio donde exponer las cosas que vas haciendo, aunque sean muy de principiante.  

    ¿Cómo fue su primer contacto con el arte? Yo tuve la buena y la mala suerte de que en Amposta no hubiera ningún instituto y estuve interna en un colegio de Tortosa. Al segundo año de estar allí empezaron a dolerme mucho las piernas, mi madre me llevó al médico y éste le dijo que tenía que volver a casa y hacer reposo absoluto durante un año si no a los 12 iría en silla de ruedas; creo que me daban siete piramidones [un potente analgésico] al día, ¡un disparate! Así que de los 10 a los 11 años estuve en cama, pero ahí empezó mi suerte en mi camino hacia el arte.

    ¿Cómo fue ese camino? Decimos que las mujeres estamos faltas de modelos pero yo tuve uno en Marisol Panisello. Era hija de unos amigos de mis padres y venía a visitarme; como vio que yo coloreaba los dibujos de los libros que leía y que me gustaba dibujar, me preguntó si quería que le pidiera a mis padres que me compraran una cajita de pinturas y que ella me ayudaría. Yo tenía entonces 10 años y ella, unos 10 más que yo. No sabía que era pintora. Ella iba a pintar al aire libre; en Amposta y en aquella época, era una pintora figurativa, claro, pintaba paisajes y flores. Yo pintaba cuando estaba en cama y ella me animaba a pintar lo que se me pasara por la cabeza. Cuando al fin pude levantarme empecé a pintar paisajes con ella; su familia tenía una casa estupenda cerca del mar y me dijo que iríamos a pintar agaves al lado del mar. Disfruté mucho, pero hice una pintura espantosa que no enseñé nunca a nadie porque mi madre estaba tan orgullosa de las mías que las colgaba en la pared ¡y esta no se la dejé ver!. Yo siempre me desplazaba en una bicicleta con un carrito detrás donde llevaba una tela y mis pinturas, tanto si iba con Marisol como si iba sola. Fue decisivo encontrar una mujer como ella; yo ya estaba bastante a punto, pero ella me despertó.

    Después vino a Barcelona a estudiar Bellas Artes Sí, y agradezco enormemente a mi padre que me lo permitiera. Él siempre estaba de acuerdo con mi madre pero, en este caso, ella no quería que yo viniera a estudiar Bellas Artes porque en aquella época estaba muy mal visto. Sin embargo Inocencio Soriano Montagut, un escultor de Amposta que era profesor de Bellas Artes, aconsejó a mi padre que me dejara estudiar la carrera.

    Fue entonces cuando las chicas empezaron a reclamar en las clases de dibujo de desnudo que si las mujeres estaban sin ropa los hombres también lo estuvieran. ¿Esta fue la primera reivindicación feminista? Sí, la primera más evidente y también la más decepcionante porque había mucha gente comunista en clase a la que únicamente le preocupaba conseguir que las cosas fueran gratuitas. Nosotras nos preguntábamos porqué estaban desnudas las mujeres cuando los hombres iban tapados. Yo les decía “¿sabéis qué os pasa? ¡que no os gusta vuestro sexo!” Les dijimos de todo pero el profesor, ni caso. Éramos unas siete chicas de un total de unos 27 alumnos, pero además es que las monjas de Tortosa, de Mallorca y de distintos sitios mandaban las novicias a aprender dibujo porque se impartía en el bachillerato y, claro, ellas casi no hablaban. Éramos unas siete las reivindicativas y las otras, que serían unas doce, permanecían mudas, por tanto tuvimos que claudicar. El profesor tapó a las chicas, pero no destapó a los chicos y nosotras los dibujábamos como si estuvieran desnudos…

    Esto debió ser un escándalo [risas]. ¿Las aprobaron? Sí, sí, creo que al profesor al final incluso le hizo gracia. Antes, todo esto era intocable. Cuando yo empecé Bellas Artes el director era Frederic Marès, que era muy clásico e intransigente. Después hubo otro director, también muy tradicional, que hacía unos bodegones horribles, pero era una persona más flexible; no era genial ni como pintor ni como director, pero al menos no molestaba. De Marès me encanta su museo, pero cogió cantidad de esculturas que estaban en ermitas en el campo para traerlas a su museo; quizás las salvó porque probablemente muchas de estas piezas se hubieran perdido o habrían acabado en Nueva York o donde fuera, porque esto ya ha sucedido. Bellas Artes estaba en la plaza de La Verónica y durante años nos reuníamos todos los del curso donde hacían pollos asados en la calle; no recuerdo el nombre, ya entonces era un sitio famoso y ahora es el no va más. Hay que ver cómo cambian las cosas en Barcelona y en todas partes porque la última vez que fui a París me quedé muy sorprendida porque ya no está la casa donde yo había vivido tanto tiempo, que era preciosa, pero estaba en el Boulevard Périphérique y como lo reformaron tuvieron que derribar muchas casas. 

    ¿Cuándo decidió ir a París y qué encontró allí? Fui después de terminar Bellas Artes con mi ex marido, Josep Niebla, que falleció hace un par de años; era buenísimo dibujando y hacía cosas muy interesantes en aquella época, después pasó por el sueño de los cielos y de los mares, cuando yo ya no vivía con él. Decidimos marchar a París a encontrar la «célula», que así la llamaban, del Partido Comunista de España, pero me encontré con todo lo contrario de lo que esperaba, que era el reconocimiento de las mujeres, y eso que había hombres muy importantes en aquel momento, pero nada. Yo me quedé embarazada cuando hacía algo más de un año que iba a los encuentros comunistas y lo dejé porque todas las ideas eran humo: haremos tal cosa, tal otra… todo falso. Niebla continuó yendo a la célula y yo propuse que seguiría, pero yendo a visitar a los españoles que iban a trabajar a París y que estaban pasando dificultades para llevarles comida. Era gente que iba a trabajar en el campo o a hacer limpieza y vivía en unas condiciones tan deplorables que no parecía que estuvieran en París; era un barrio de bloques de edificios donde había que subir por escaleras y llamabas a la puerta y quizás ni te abrían; los espacios eran muy pequeños, atestados de familias donde hombres y mujeres vivían hacinados, y yo pensaba que teníamos que ayudarles, llevar leche para los niños, libros, conversación… Esto sí que lo hice; mis amadísimos Niebla y su amigo filósofo tenían que salir porque se ponían a vomitar cuando entraban en estas habitaciones de lo mal que olían. Sí que era horrible, pero les dije que no iría nunca más con ellos a ninguna parte y solo nos encontrábamos en el comedor universitario; con eso yo ya tenía bastante. Ellos veían todo esto como «algo de mujeres porque son sensibles». 

    En París empezó una serie de autorretratos embarazada Sí, se conservan 3 de los 8 que llegué a hacer porque quería haber pintado 9, por los 9 meses; algunos se han perdido, no sé cómo, porque yo los traje en distintos viajes; siempre hacía cosas pequeñas para poder meterlas en la maleta porque sabía que no quería quedarme en París. Estuve un par de años y cuando vi cómo estaba mi mejor amiga cuando nació su hija en un hospital de París, que me pareció tétrico, pensé que no quería que la mía naciera allí. Quería que lo hiciera en Amposta, donde yo tenía a mi madre.

    ¿Esta serie embarazada fue su primera obra feminista? Probablemente; eso dicen, aunque yo no la hice con esta intención sino porque estaba muy interesada en el Pop art, hacía obras con mucho colorido; el caso es que vivíamos muy cerca de una famosa agencia de publicidad que por las noches tiraba gran cantidad de un material fenomenal y yo iba a recogerlo. Niebla siempre me reñía, decía que una gran artista como yo no tenía que andar rebuscando cosas por la calle y yo le decía que hiciera él lo que quisiera y me dejara en paz a mí. Total, que vine a parir aquí a Amposta, pero yo ya lo tenía en la cabeza. Estábamos viviendo en una casa enorme al lado del Boulevard Périphérique; la propietaria era una señora muy especial y durante la Segunda Guerra Mundial había convertido un edificio, que era como un palacio, con muchos pisos, en lo que llamó una «pouponnière» para acoger a niños huérfanos de la guerra. Tenía un espacio más grande en el que yo vivía; a mí me gustaba ir a unas sesiones de cine al pueblo de al lado, Malakoff; era una comuna comunista, pero ¡qué decepción!, no quiero decir que todos los comunistas sean igual pero no era lo que nos imaginábamos. 

    ¿En qué fue tan decepcionante? Los jóvenes necesitábamos otra manera de enfocar la política, un comunismo de verdad y quizás de haberlo tenido todo hubiera ido mas rápido aquí en la lucha contra el franquismo. Me hubiera gustado quedarme más tiempo en París porque era interesante poder hacer litografía, ir a ver exposiciones, porque aquí no había nada en aquella época, había artistas pero no se veían porque estaban en París o en Roma. Y la verdad es que hubo muy poco contacto con artistas en París; sí que organizamos actividades y exposiciones colectivas, generalmente de artistas españoles; yo proponía que incluyéramos a catalanes o del lugar de donde fueran, pero siempre me miraban mal. Y cuando me quedé embarazada, aunque ya no me interesaban las reuniones en la célula, quería seguir participando en el grupo de teatro porque ya en mi pueblo, de pequeña, hice algunos papeles como actriz. Y me dijeron que estando embarazada no podía participar. ¡Y fue una mujer la que me echó!

    ¿En París también vivió el Mayo del 68? No, las revueltas empezaron cuando ya estábamos en Amposta porque estaba a punto de nacer mi hija. Desde París, a mis padres les contaba que nos ganábamos muy bien la vida con nuestra pintura y lo cierto es que trabajábamos mucho, pero haciendo copias de cosas muy clásicas hasta picassos; nos facilitaban los materiales, como una goma transparente, y había que ir siguiendo la pincelada. No tenía nada de artístico y pagaban fatal, pero era un trabajo. Solo aceptaban gente de Bellas Artes, afortunadamente, porque era muy difícil acceder a otros empleos, incluso en los anuncios en los periódicos, aunque fuera para servicio doméstico, ponían «españoles abstenerse». 

    Una vez en Amposta desplegó una gran actividad Sí, y creo que mi activismo es una obra también artística. Forma parte de mi labor como activista feminista. En 1968 cogimos un espacio destartalado y después de rehabilitarlo quedó genial. Fundamos Lo Llar, donde se organizaron numerosas actividades culturales y políticas, como los primeros conciertos de «La Nova Cançó Catalana». Lo Llar sigue funcionando desde hace 55 años. 

    En 1977 cofundó el mítico Bar-Biblioteca-Feminista LaSal en Barcelona, el primer espacio feminista de España Fue un lugar en el que podíamos reunirnos, una plataforma para tertulias y reivindicaciones feministas. Un año más tarde, cuando ya estaba funcionando LaSal, justo delante quedó un local vacío y pensamos cogerlo para montar una editorial, así nació LaSal. Edicions de les dones, una editorial catalana, activa hasta 1990, que publicó un centenar de libros en catalán y en castellano, considerada la primera editorial feminista de España. Teníamos una gran amiga, que venía mucho al bar LaSal, que era agente literaria y que iba siempre a la Feria del Libro de Frankfurt y volvió con una agenda literaria de mujeres feministas, muy oscura y muy poco divertida, muy alemana, pero fue una idea genial y la hicimos a nuestra manera con color. Las dos primeras ediciones fueron muy coloridas, las siguientes ya fueron un poco más serias porque aquí ya estaban pasando muchas cosas en relación al feminismo.

    ¿Qué diferencia el feminismo de sus inicios del actual? Hay una cosa muy evidente: las que empezamos somos mayores, como Núria Pompeia, pionera del cómic feminista, que falleció en 2017, estuvimos reuniéndonos durante dos años para llegar a las Primeres Jornades Catalanes de la Dona; yo siempre pensé que teníamos que decir «de las mujeres», no de la mujer, pero no nos lo dejaban poner. No podéis imaginaros la cantidad de mujeres que asistieron, unas cuatro mil, fue un éxito total; intentamos que hubiera muchos modelos de mujer, incluso anarquistas, que participaran en las mesas y resultó que las mujeres de asociaciones católicas o de derechas se levantaban y se marchaban porque allí se hablaba de muchas cosas.

    El MACBA le está organizando una exposición, ¿para cuándo? Para el año que viene, pero ya se han llevado muchas obras porque algunas de ellas hay que restaurarlas y además de otras se harán copias para que el público pueda jugar con ellas. La exposición será interactiva porque muchas de mis obras las creé con la intención de poder cambiar las piezas de sitio. [Marga Perera. Foto: Maria Dias]

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