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    Los años decisivos de Chillida

    Doce hectáreas de verdes, en plural. Y un olor al canto de los pájaros, al sonido del verde de las campas. A la vista, salpicadas, minúsculas en medio de un paisaje inabarcable, las obras de Eduardo Chillida (San Sebastián, 1924-2002). Paz es la palabra que se le arranca a una en la garganta. Paz y encuentro.  También azul, y acero corten. Mireia Massagué conoció Chillida-Leku en el año 2006. Fue su primera toma de contacto. Cuando le propusieron en 2019 hacerse cargo de la dirección del museo, tras un paréntesis en que estuvo cerrado, no lo dudó un segundo. Hay trenes que no se pueden dejar pasar nunca. Era abrir una nueva etapa. En enero se cumplieron los cien años del nacimiento del estudiante de Arquitectura, del guardameta de la Real Sociedad, al que le traicionó una brutal entrada que le destrozó la rodilla. Cien años del hombre de acero, tan humano en la forma.  A la casa del aita han vuelto diez obras pertenecientes a la Fundación Telefónica (también cumple cien años como institución, enhorabuena) y que habitualmente están depositadas en museos. Una decena de obras fundamentales fechadas en los años ochenta, cuando la institución sella su compromiso con el arte y los artistas españoles, una época, según cuenta Massagué, tan llena de cambios en el trabajo de maestros como en el andar de España: “Chillida-Leku te devuelve la energía”, dice la directora. Para ella, “la exposición de las obras que han tomado temporalmente los espacios marca una relación con el caserío y complementa la colección, las obras que tenemos y que son de la familia. El número de ellas no era lo importante para nosotros, sino la elección de las mismas y saber el lugar exacto donde las íbamos a colocar. Son todas ellas de los años 80, un tiempo de expansión para Eduardo Chillida, de reconocimiento. En esa década las obras se transforman gracias a su diálogo con la Arquitectura, un intercambio que marca su evolución artística. Es el momento en que el creador halla su sitio, el momento en que también le dan su sitio a él. Y un momento también en el que en España están surgiendo cosas, se mueve la escena. Será el tiempo también en que fallece su galerista Aimé Maeght, que marcará el comienzo de una etapa nueva”, cuenta. Lurras y Gravitaciones son obras de ese periodo. Durante esa década el Museo Guggenheim de Nueva York le dedicará una retrospectiva, recibirá la Medalla de Oro de Bellas Artes, el Gran Premio de las Artes en Francia y el Premio Príncipe de Asturias de las Artes.

    El universo Chillida: “Las casas, los topos, las piezas monumentales y otras en pequeña escala. Y la escultura para que el público se relacione con ella y la habite. Para que el espacio lo envuelva. Es la relación con la escala y la materia y con el espacio”, asegura Massagué de estas obras que han vuelto por un tiempo a Zabalaga. Joyas como Down Town II, la línea de rascacielos de las grandes metrópolis, la mesa dedicada al matemático, astrónomo y poeta persa Omar Khayamm III (1986), con su fragilidad de tres toneladas, de una belleza difícil de explicar (la vista desde la planta de arriba es fantástica), o las casas en acero corten, con sus formas redondeadas como si fueran techos que cobijan, que dedica a Goethe y Hokusai o la de Juan Sebastián Bach, todas ellas de 1981, el principio de todo, la música más celestial que el escultor podía imaginar. “Saludo a Bach, moderno como las olas, antiguo como el mar”, escribe el creador. Revisitar los años decisivos del escultor, poeta al cabo, es uno de los ejes de esta exposición: “Podemos ver en algunas de estas obras cuál era su manera de trabajar el acero corten, con esa pátina que te recuerda a algo cercano. No es fácil ver estas piezas reunidas, en conjunto y en este paisaje. Son piezas de plena madurez en las que explora y transita por diferentes caminos. Y en 1983 es cuando compra este caserío con Pilar, que es la joya de la corona. Las obras que salen de su mano son fruto de ese momento concreto. No se puede separar la creación de Chillida del caserío, pues es una obra de arte en sí misma”, apunta la directora… [Gema Pajares. Foto: Casa de Juan Sebastian Bach, 1981. Colección Telefónica]

     

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