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    Nieves Fernández, abriendo puertas al arte

    Desde que pasó el relevo a sus hijas para llevar la sala NF de Madrid allá por 2012, Nieves Fernández se decanta con decidido empeño por el coleccionismo, algo que ha sido su pasión desde muy joven.  Amiga de Tàpies, Chillida, Equipo Crónica, Jordi Teixidor, de quienes ha celebrado sucesivas muestras, el impulso definitivo para dedicarse al arte se lo dio su propio talante comprometido nacido de esa necesidad de aportar savia viva al páramo cultural de una España que comenzaba a despertar al mundo después de 40 años de dictadura.  Más de cuatro décadas de andadura se suman ya a la trayectoria como galerista, marchante, coleccionista y asesora patrimonial, de una de las figuras sin duda fundamentales en la divulgación y consolidación del arte contemporáneo en nuestro país. Guipuzcoana de nacimiento, residente durante años en Murcia, Nieves Fernández tuvo el corazón partido entre el Mediterráneo y el Cantábrico, aunque confiesa que su naturaleza siempre fue vasca. En los planes de juventud no había contemplado abrir una galería, sin embargo, lo que comenzó siendo una sala-librería con sello propio, terminó por convertirse en la mítica galería Yerba de Murcia, cuya continuidad en NF de Madrid, se produjo a mediados de los 80. Preocupada por la educación en los valores aperturistas del arte, para ella el espacio expositivo ha de ser un lugar de encuentro entre público, artistas e intelectuales. Desde 2017 es Miembro Asesor de la Hispanic Society de Nueva York y en 2020 obtuvo junto a otras galeristas destacadas, la Medalla Internacional de las Artes, de la Comunidad de Madrid, un premio que se suma a otros reconocimientos recibidos a lo largo de toda una vida dedicada al arte. 

    ¿Cómo recuerda su niñez y en qué entorno se formó? Nací y crecí en San Sebastián, mi infancia y primera juventud las pasé allí. Éramos tres hermanos, yo la mayor de dos mujeres y el más pequeño con el que me llevaba cinco años. Mi padre era abogado militar, director general de la Marina en el País Vasco. Vivíamos muy bien en familia hasta que un día, con 39 años, a mi padre le dio un infarto de miocardio y murió. Yo era una niña de once años, pero desde pequeña tuve muy claro que quería estudiar, y así lo hice. Unas tías paternas que vivían en Burgos, solteras, profesoras de historia en la universidad, nos cuidaron mucho y tuvimos la inmensa fortuna de que nos enseñaran infinidad de cosas sobre arte, nos llevaran a los museos y de excursión por los pueblos a visitar las iglesias románicas … Con mis hijas también fueron unas magníficas educadoras…. [Amalia García Rubí. Foto: Alfredo Arias]

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