Rachel Ruysch (1664-1750) nació en el seno de una familia de artistas en La Haya, aunque creció en Ámsterdam. Su padre era el renombrado anatomista y botánico Frederick Ruysch y su madre era hija del arquitecto Pieter Post. A los 15 años Rachel se convirtió en alumna de Willem van Aelst (que había sido pintor en la corte de Fernando de Medici), y permaneció en su estudio hasta la muerte de su maestro cinco años más tarde. En 1693 contrajo matrimonio con el retratista Juriaen Pool, con quien tuvo diez hijos. Buscando nuevas oportunidades, la familia se trasladó a La Haya, donde ambos ingresaron en el gremio de San Lucas de la ciudad. Entre 1708 y 1713, tanto Ruysch como Pool trabajaron en Düsseldorf como pintores de la corte del elector palatino Johann Wilhelm. La demanda de sus cuadros era muy alta y Rachel apenas podía comprometerse a acabar unos pocos cada año, a pesar de las elevadas cifras que le pagaban por ellos. Arropada por el éxito, se mantuvo en activo hasta el final de su vida, a los 83 años. Y sus pinturas no han dejado de ser admiradas desde entonces, pues uno de sus exquisitos bodegones florales se vendió en subasta en 2002 por más de un millón de euros. En la actualidad se la considera no solo una de las máximas exponentes del bodegón de la Edad de Oro, sino una de las pintoras con más talento de la historia del arte.

La retrospectiva que le dedica el Museo de Bellas Artes de Boston (MFA), Rachel Ruysch: artista, naturalista y pionera, reúne 35 de sus mejores pinturas que dialogan con las de otras artistas, entre ellas, su propia hermana, Anna, una brillante pintora de flores hoy tristemente olvidada. La muestra ha sido organizada en colaboración con la Alte Pinakothek de Múnich y el Museo de Arte de Toledo (EE.UU), y su contenido científico ha sido supervisado por Charles Davis, profesor de Biología Orgánica y Evolutiva de la Universidad de Harvard. En el siglo XVII, a medida que las rutas comerciales mundiales se ampliaban miles de especímenes exóticos de plantas llegaron a los Países Bajos para ser cultivados en invernaderos y jardines botánicos. Ruysch fue una de las primeras artistas en introducir nuevas especies, desde pasionarias hasta cactus, en sus bodegones florales. Fusionando arte y ciencia, sus composiciones están lejos de ser meramente decorativas; son acertijos que pretenden estimular una comprensión más profunda de la naturaleza. Nos hablan de supervivencia y pérdida, del delicado equilibrio entre la belleza y la violencia. [Hasta el 7 de diciembre. Museo de Bellas Artes. Boston. Mfa.org]







