En 2003, en el mar Cantábrico, frente a la costa vasca, la ola de Mundaka se desvaneció de la noche a la mañana. El dragado llevado a cabo para mejorar el acceso a un astillero destruyó el banco de arena que la sostenía. Y cuando la ola desapareció, con ella colapsó también la economía local basada en el surf. ¿Qué significa cuando una ola específica, esperada, deja de romper?. Esta pregunta inspira Las olas perdidas, la instalación con la que Cooking Sections, colectivo formado por Daniel Fernández Pascual y Alon Schwabe, se presenta en el Centro Botín de Santander. “Interpretar la desaparición de las olas es rastrear las fuerzas que remodelan nuestras costas, como el dragado, la extracción y la crisis climática, y reconocer que cada ola desaparecida deja una huella: una cicatriz en el lecho marino, una historia de pérdida”, manifiestan. Nominados al Premio Turner en 2021, este dúo es reconocido internacionalmente por destapar las conexiones entre la ecología, los sistemas alimentarios y el cambio climático. Profesores en el Royal College of Art, su trabajo se ha presentado en museos como la Tate Britain y en eventos artísticos como la 58ª Bienal de Venecia y Manifesta12.
¿Cómo nace y qué mueve a Cooking Sections? Nos conocimos en la universidad de Goldsmiths, en su Centro de Investigación de Arquitectura, y empezamos a trabajar juntos en 2013. Nuestra práctica combina las artes visuales, la arquitectura y la ecología. Y, fundamentalmente, recurrimos al sistema alimentario, la comida o la política relacionada con ésta, para entender los flujos de capital o las estructuras que organizan el mundo. Desde el principio, los proyectos en los que nos hemos implicado intentan lidiar con esas cuestiones ecológicas desde un punto de vista metabólico. Investigamos cómo entender las relaciones entre cuerpos humanos y no humanos a través de esos procesos digestivos, analizar cómo se devoran unos a otros o las distintas dependencias que existen a nivel agrario o digestivo que construyen paisajes de diferentes formas.
Visibilizan el deterioro de la salud humana y del planeta, causado por la actividad del hombre pero, al mismo tiempo, proponen soluciones ecológicas. ¿Se sigue viendo la naturaleza, no como una entidad viva a la que hay que proteger, sino como un recurso a explotar? Nosotros, de alguna forma, entendemos también que somos contaminación, estamos hechos de microplásticos, en realidad, estamos hechos de múltiples cosas. Cada vez es más difícil separar lo natural de lo construido o de lo cultural, y precisamente, ese continuum de materia es el que intentamos entender.
¿El movimiento por los derechos de la naturaleza se está abriendo paso, no solo en el terreno jurídico, sino también en el de la cultura y en el de la sociedad? Sí, de hecho hemos trabajado con expertos como la bióloga y ecologista Lynn Margulis que tal vez en España no sea muy conocida, pero aquí hay personas como la jurista María Teresa Jiménez, que está peleando para que el Mar Menor obtenga personalidad jurídica y se le reconozcan sus derechos propios. Este es un movimiento global. En países como Ecuador, Margulis y su equipo consiguieron introducir en la Constitución los derechos de la Pachamama, la Madre Tierra. El proyecto que hemos desarrollado en el Centro Botín pone el foco en las olas que han desaparecido, un asunto por el que se ha sentido concernida tanto la sociedad civil como la jurisprudencia. Por ejemplo, la reciente Ley de Rompientes promulgada en Perú, empezó a reconocer los derechos, no solo de la naturaleza, sino de las olas en sí mismas.
Ustedes colaboran habitualmente con científicos, biólogos, chefs, agricultores, y la sociedad civil en general. Una de las colaboraciones más recientes es la que hemos llevado a cabo con el Departamento de Geo-Ocean de la Universidad de Cantabria, precisamente para el proyecto de las olas perdidas. Sus técnicas para predecir tormentas, estudiar bancos de arena en movimiento, estuarios o la erosión costera, nos ha permitido viajar atrás en el tiempo y reconstruir olas que se habían perdido, saber cómo se movían, a qué velocidad, qué altura tenían, etc. Ha sido casi mágico, poder transportarte, por ejemplo, hasta el 17 de noviembre de 1997 y ver cómo se movía entonces esa ola… [Vanessa García-Osuna. Foto: Lourdes Cabrera]







