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Inicio » Archivo » Antoni Puig: “Procuro tener las mejores obras de cada artista”

Antoni Puig

La Fundació Vila Casas presenta, en el Museu Can Framis de Barcelona, un nuevo ciclo expositivo de L’Art de Col·leccionar, que en esta ocasión está dedicado al coleccionista y empresario Antoni Puig (Barcelona, 1924). La exposición, comisariada por Daniel Giralt- Miracle, que estará abierta hasta el 22 de abril, es una selección de la colección de Antoni Puig, también pintor, y recorre de manera sintetizada la historia del arte del siglo XX, y en ella conviven autores clasicizantes con otros de lenguaje vanguardista.
Dar a conocer las diversas colecciones privadas de la escena barcelonesa a través de este ciclo es el objetivo de Antoni Vila Casas, también empresario y coleccionista, fundador de la Fundació Vila Casas.

¿Cómo fue su primer contacto con el arte?
Empecé a pintar muy jovencito y siempre he pintado. Como dibujaba bien, mis profesores se empeñaron en que dibujara, y tuve buenos maestros, como Mercè Llimona y Abel Vallmitjana.
Como me gustaba el arte, empecé a comprar. El primer cuadro fue de Roca-Sastre, en 1958, y en 1960 adquirí un relieve de Xavier Corberó, quien me dijo que fui su primer cliente. Heredé algunas obras, como un dibujo de Ramón Casas y una pintura de Olga Sacharoff.
Tengo algunas piezas que fueron regalos de boda, como un dibujo de Joan Rebull y un lienzo de Jaume Mercadé, a quien había encargado la platería, y para hacerme el regalo me preguntó si quería una pieza de plata o un cuadro, y nos decidimos por un cuadro, que eligió mi mujer. José Bartomeu tenía un cuadro de Rogent en su casa y cuando murió, su sobrina donó la casa a la Generalitat y puso las pinturas en venta, y así compré La sardana de Rogent, para mí, su mejor obra. Otro cuadro de sardana es de Xavier Nogués, el brazo derecho de Lluís Plandiura.

¿Cuántas obras tiene?
Tengo un centenar. Mi preferida es la de Joaquim Llucià, pero he procurado comprar la mejor obra de cada uno de ellos, sin mirar el tamaño; muchas de ellas son pequeñas, mi mujer dice que colecciono sellos [dice sonriendo]. En mi estudio tengo obras mías.

¿Sigue pintando?
Ahora he dejado el óleo porque me da miedo el aguarrás y pinto con gouache.

¿Con qué artistas tiene más relación?
Muchos de ellos han ido muriendo… yo era muy amigo de Modest Cuixart, y sigo siéndolo de Aguilar Moré, de Muxart… De Frederic Amat tengo una pieza, yo había ido a clases de dibujo con su padre durante la guerra y teníamos como profesora a Maria Fité, que era discípula de Joaquim Mir. Rebull también era amigo mío, aunque él era mayor. Yo pintaba con un irlandés, que era cura, que pintaba acuarela, y cuando salía a pintar, en Irlanda, siempre se ponía a llover, y el obispo le autorizó a irse en agosto a un país del sur, con su madre. Era Jack Hanlon, tengo una acuarela suya, Grasse, de 1957.
Tengo también una acuarela de Rosa Serra, que el trazo de la pincelada es genial, sin dibujo a lápiz. Un gran acuarelista fue Turner, con lápiz añadía los detalles a la acuarela, que serviría para una pintura al óleo.

También tiene esculturas en su colección: Alfaro, Oteiza, Palazuelo…
Sí, la primera escultura que compré fue un desnudo cubista de Gargallo, mi mujer era amiga de su hija Pierrette.

También ha expuesto aquí obras pintadas por usted.
Aquí [Fundación Vila Casas] he expuesto también unas pinturas mías. Un Autorretrato, de 1953, en el que puede verse mi influencia entonces de Van Gogh; en otra pintura puede verse la influencia del cubismo.
La tercera es Tramuntana, de 1986; pinto los mares del Empordà, empiezo con una primera capa fina, con aguarrás, pintando las líneas del mar, como un cuadro de Mondrian, luego pongo las olas, siguiendo el Op-art… una ola fuera de lugar desentona y se nota enseguida. No hay ningún mar igual, el mar cambia con el viento y con la altura del sol. Cuixart me decía que yo pinto los vientos.

Su padre era perfumista, ¿Ha hecho usted algún perfume?
Hice la carrera de ingeniero industrial y mi formación como perfumista fue en Grasse, a principios de 1950. El profesor era Jean Carles, de la firma Roure Bertrand. El perfumista de la empresa se había marchado cuando la guerra de España y no se supo más de él. Entonces, el comité de control nombró técnico a mi padre, así pudo ir en dos ocasiones a Francia, a comprar esencias. En París se encontró con los competidores… todos se habían ido marchando. Los Parera se fueron a México; Colomer, de Henry Colomer, y Serra, de Dana, a París. Luego Dana se encontró que sus perfumes mexicanos se vendían en Nueva York a precio elevado, con la guerra mundial no había en Estados Unidos importaciones de perfumes franceses. Por ello Dana hizo su propia fábrica en Estados Unidos. Acabada la guerra de España, intervine con mi padre en la formulación del agua Lavanda Puig. Yo estuve con mi hermano haciendo equipo; él, químico de profesión, se dedicaba más a las cuestiones del día a día, y yo, ingeniero, me ocupaba más de los asuntos a largo plazo… y así íbamos solucionando las dudas que pudieran surgir, porque antes no existía ESADE ni IESE ni ninguna escuela de dirección de empresas; luego mi hermano conoció a un profesor americano que vino a Barcelona y durante una semana visitó nuestra empresa y al cabo de la semana nos dijo “no toquéis nada, sois the team at the top”.

Parece que entre sus amigos son famosas sus pajaritas…
Sí, yo hacía pajaritas, pero fui a Japón y vi que los japoneses las hacían mejor que yo… ¡y dejé de hacerlas!.

Una despedida
“La obra más especial de mi colección –revela Antoni Puig- es un collage de Joaquim Llucià; durante dos o tres años fuimos juntos a dibujar al Cercle Artístic de Sant Lluc de Barcelona, nos conocimos y nos hicimos amigos; era una persona muy sencilla y modesta, gran admirador de Malevich. Más tarde, hizo collages de papel de plata, que eran invendibles. Un día cogió una tela grande, de dos por dos metros, pintó de rojo dos manos y dos pies, giró la obra y en el bastidor puso la fecha, la firmó y se suicidó. Unas semanas después, el crítico de arte Alexandre Cirici decía que con la muerte de Llucià había desaparecido el mejor artista abstracto que teníamos en Cataluña. Creo que la obra que tengo yo es una de sus mejores creaciones, se la compré a Salvador Riera.”

Mis amigos los artistas
“Me gusta el trazo y la traza, la destreza con que está hecha la obra; esto es lo que mejor define la colección –explica Antoni Puig sobre los criterios que han regido su colección– Muchos de los artistas han sido amigos, como Aguilar Moré, Mercadé, Saura, Cuixart… Saura tenía que hacerme un retrato –«no saldrás nada favorecido»– me dijo; se puso enfermo, y aunque su mujer, que era cubana, me dijo: «seguro que te pintará», falleció; pedí luego un retrato a Arroyo, que me lo hizo con un trazo muy especial, ¡mira qué oreja, qué ojos…! Una obra que me gusta mucho es un aguafuerte de Picasso, un retrato de Geneviève Laporte, la última compañera que tuvo antes de que Jacqueline lo “secuestrara”. Geneviève había pasado un verano con Picasso, fue una relación muy bonita y le regaló los dibujos. Picasso se quedó una plancha de bronce, que sirvió para el libro de homenaje a su amigo el doctor Raventós. Muerto Picasso, Geneviève expuso las obras que le había regalado en la Galerie Invent, en la rue Matignon, yendo al Faubourg Saint-Honoré, donde habían hecho también una exposición de Henry Moore, una galería que luego cerró. Geneviève escribió un libro sobre los dos meses del verano que había estado viviendo con Picasso; era muy joven, se llevaban 50 años. No llegué a conocer a Picasso, compré en vida suya este linóleo, de 50 ejemplares, y pagué 500 dólares en la Galería Gaspar, que no era mucho. He procurado tener las mejores obras de cada artista. De Olga Sacharoff tengo un paisaje con figuras; el hijo de una de las mujeres retratadas se lo regaló a mi suegro, que era un gran médico. Otra pieza interesante es un Saura, Auto de fe, que compré en la Galería Carles Taché; está pintado en la tapa de un libro, haciendo referencia a la Inquisición, cuando quemaban los libros, quemaban el texto y salvaban la tapa. A Saura lo conocí en una exposición, en Inglaterra, donde estaban también Arroyo y Barceló, a quienes también conocí allí. Saura y yo nos vimos bastantes veces. Fue una de esas veces cuando le pregunté si podía hacerme un retrato y me dijo que sí.”

Una firma global
Los orígenes de la casa Puig datan de 1914, cuando Antonio Puig Castelló, un empresario aficionado al arte y habitual en los círculos artísticos de su época, funda la compañía que lleva su nombre, Antonio Puig S.A. Habrá que esperar hasta 1922 para ver el lanzamiento de su primer producto como fabricante que se convirtió en un gran éxito de ventas: Milady, el primer lápiz de labios fabricado en España.
Dos décadas después, nace uno de productos más emblemáticos de la compañía, Agua Lavanda Puig, eau de toilette elaborada con ingredientes españoles como el romero, la lavanda, el espliego y el limón a causa de que las circunstancias políticas exigían que las compañías fueran suficientes y prohibía las importaciones. El Grupo Puig, que engloba marcas como Nina Ricci y Carolina Herrera, es una de las grandes empresas familiares españolas. Más de la mitad de las ventas se realizan hoy en mercados internacionales y sus productos se distribuyen en más de 150 países.

M. Perera