• Paolo
  • Museo del Romanticismo, un viaje apasionado al siglo XIX

    Hubo un tiempo en el que sentimientos como la pasión, la imaginación, la melancolía o la nostalgia por el pasado desplazaron a la razón y el orden como ideales a seguir. Surgidos como reacción frente al racionalismo de la Ilustración, el siglo XIX fue testigo de una auténtica revolución de las emociones. Como escribió el poeta y crítico Charles Baudelaire: «El Romanticismo no tiene que ver con la elección del tema ni con plasmar la verdad exacta de algo, sino de una forma de sentir.» En 1924, abrió sus puertas en Madrid, en un palacete neoclásico del siglo XVIII, el Museo del Romanticismo, de titularidad estatal. Su promotor fue el aristócrata Benigno de la Vega Inclán, quien también fundó el Museo del Greco en Toledo. Desde sus comienzos, el Museo Romántico, como se llamaba entonces, despertó gran interés entre los intelectuales de la época, como Ortega y Gasset, quien lo definió como “un museo de vida”, o el poeta Rafael Alberti, que fue su director durante la Guerra Civil. Hoy sus fondos superan las 18.000 piezas gracias a los depósitos, las donaciones y, sobre todo, a las compras que hace el Estado. Además de pinturas, dibujos y esculturas, hay muebles, artes decorativas, fotografías, instrumentos musicales y objetos personales de literatos como Mariano José de Larra, José de Zorrilla, o Juan Ramón Jiménez. Todos ellos, junto a las lámparas, las alfombras o relojes, nos transportan a los años centrales del siglo XIX. A lo largo de 26 salas y un coqueto jardín, se recrean diversos ambientes que nos dejan entrever cómo era la vida cotidiana de la aristocracia y la alta burguesía en la España decimonónica. También nos descubren cómo era el arte del momento de la mano de artistas como Federico de Madrazo, Esquivel o Rosario Weiss, y recogen algunos de los episodios que tuvieron lugar en ese convulso siglo, desde la Guerra de la Independencia hasta la Gloriosa, la revolución que destronó a Isabel II. Al frente de esta institución, que este año celebra su centenario, se encuentra Carolina Miguel Arroyo quien nos descubre sus secretos.

    Usted fue nombrada directora en 2021, pero desde 2010 ya trabajaba en el museo como responsable de Colecciones. ¿Qué le atrae como estudiosa de este periodo? El siglo XIX es una época fascinante, en la que se experimentaron muchos cambios sociales, políticos y económicos. A nivel artístico es un periodo muy rico y fecundo, con múltiples influencias, escuelas y estilos, y con artistas de primer nivel, aunque no siempre ha sido tratado justamente. En un momento concreto del siglo XX se identificó con un capítulo oscuro de nuestra historia o se minimizó su importancia o aportaciones. Por ejemplo, en Historia del Arte era frecuente que el XIX se redujera a Goya y Sorolla, dejando una amplia laguna entre ambos en la que, con suerte, se citaba a un par de artistas más. Hoy en día esta situación está cambiando, gracias, entre otros factores, al trabajo que se ha realizado desde este museo durante sus cien años de historia.

    El museo recrea las costumbres de la alta burguesía española del siglo XIX. ¿Cómo era la vida cotidiana entonces? Muchas de las costumbres de la época siguen vigentes de una forma u otra, aunque quizá hayan variado las formas. Las casas de la burguesía estaban cada vez mejor acondicionadas, y en el siglo XIX, experimentaron grandes avances al introducirse, aunque de forma gradual, el agua corriente y la luz. Surge ya la cultura del confort en el hogar. En cuanto al ocio, además de las reuniones más privadas, se concentraba en los cafés, los teatros, la zarzuela o la ópera. También en las corridas de toros, caso distinto porque las plazas eran uno de los pocos espacios en los que convivían todas las clases sociales. Lamentablemente, la hoy llamada clase media era aún escasa, había unos niveles de pobreza y analfabetismo muy altos y una parte importante de la población no tenía acceso a las comodidades y al ocio burgués.

    ¿Rescataría algo de aquel periodo? Es evidente que las condiciones de vida han mejorado mucho y que en muchos aspectos la sociedad ha evolucionado. Pero hay cuestiones en las que a veces pienso que hemos retrocedido. Un ejemplo claro lo observo al leer los diarios de sesiones del Congreso de los Diputados, que recogen las participaciones de los diputados de la época. Los discursos reflejaban una gran riqueza léxica y un enorme dominio de la lengua. La defensa ideológica se nutría de la retórica y la dialéctica y, aunque estaba lejos de ser un periodo estable, la política se basaba en el argumentario y el respeto.

    ¿Por qué la época romántica es imprescindible para conocer la historia contemporánea española? Porque es cuando todo lo que conocemos como sociedad contemporánea se cimenta a nivel social, económico o político. Muchas de las instituciones que hoy nos parecen fundamentales surgieron entonces. También las grandes obras de ingeniería civil. Pienso, por ejemplo, en la construcción de las líneas ferroviarias que articularon nuestra geografía, o la arquitectura del hierro que posibilitó la construcción de grandes infraestructuras. También otras obras que mejoraron las condiciones de higiene y salud de la población, como el Canal de Isabel II. Todos estos aspectos aparecen reflejados en muchas de las pinturas expuestas en el museo, desde el Congreso de los Diputados, pasando por la traída de las aguas del Lozoya, hasta uno de los primeros puentes de hierro construidos en el país, en Fraga (Huesca).

    ¿Cuál es el gran legado que nos ha dejado el Romanticismo? No me atrevería a elegir uno solo, pero creo que fue clave la reivindicación del individuo y de la libertad, que están en la base del pensamiento romántico. Gracias a estos conceptos, se fueron cimentando ideas como el valor de la mujer como individuo y no como objeto, siendo por tanto el germen de muchas de las conquistas sociales que se han ido alcanzando…. [Vanessa García-Osuna. Foto: Alfredo Arias]

     

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