• Paolo
  • Liliana Porter, cuando la vida es un gran truco

    Una figurita pequeña, hombre o mujer, formas cuadradas y circulares. Un hilo largo, eterno casi, de color rojo. Los objetos de nuestro entorno que Liliana Porter (Buenos Aires, 1941) transforma en obras de arte. La relación con la realidad de esta mujer jovial y jovencísima a sus 84 años nutre sus trabajos, ya sean dibujos, fotografías, grabados, pinturas, instalaciones, vídeos. Desde que fundara con su esposo Luis Camnitzer y José Guillermo Castillo el New York Graphic Workshop se ha mantenido fiel a esa particular relación con lo que vemos y con cómo lo percibimos. El humor la ha acompañado, dice, desde que el mundo es mundo. “En mi caso viene de fábrica. Yo he tenido una familia muy divertida. En mi casa era básico. Es lo que nos salva”. Ha sido la artista invitada en la pasada edición de la feria Estampa. Los museos más importantes poseen obras de esta argentina de envidiable vitalidad, que habla despacio y degusta la charla.

    Su primera exposición se celebra en México cuando usted tiene 17 años. Nací en Buenos Aires, pero viví en México de los 16 a los 19 años, porque mi familia se había mudado. Estudié en una escuela de Bellas Artes y Arquitectura y el profesor fue quien me armó la exposición. No me preguntó. Y resultó una experiencia genial, con mucho interés, buenas críticas en los periódicos, muy estimulante. Viéndolo como adulta, me veo ahora como una trabajadora que hacía de todo, pintaba, grababa, y eso era una noticia. Yo empecé en Buenos Aires en Bellas Artes a los 12 años, y a los 17 tenía ya un bagaje. Recuerdo que a mi llegada a México no sé cómo caí en la casa de Juan José Arriola, el escritor, que los miércoles organizaba reuniones con intelectuales jóvenes, y ahí conocí a Carlos Monsivaís y José Emilio Pacheco, a todos los escritores que empezaban. Cuando miro hoy las fotos de aquel día es impresionante ver quiénes estaban: era toda la intelectualidad que después hallaron la fama. Eran, sobre todo, escritores.

    Y después de tantos años ha inaugurado más de cuatrocientas exposiciones. Bueno, eso es la edad, que tengo 84 años y me gusta siempre estar bien entretenida.

    La infancia y el ambiente en que uno crece marcan. Usted procede de una familia de creadores. Imposible sustraerse al arte en una casa en que se respiraba. Es muy importante. Mi papá era escritor y hacía cine, mi mamá era escritora y mi abuelo había sido editor y publicó, por ejemplo, a los primeros poetas argentinos que despuntaban. Había, pues, un ambiente proclive para el arte. Y yo lo aproveché. Además, mi hermano mayor siempre me protegió desde chiquita. Yo era como la Virgen María. De muchas cosas naturales de la vida yo ya me enteré de mayor.

    Usted es inquieta y se le queda pequeño Buenos Aires, a donde había regresado desde México, y decide poner rumbo a Nueva York. ¿Qué buscaba? Iba al típico viaje que haces para conocer los grandes museos de Europa. Y una amiga que vivía en Nueva York me invitó a la Feria Mundial, en 1964, que era justo el momento en que la ciudad comenzaba a tomar el lugar de París, y desde allí, acabaría desplazando a la capital de Francia. Pero cuando llegué a Nueva York no me podía creer lo que tenía delante. ¡En una semana no podría siquiera ver el museo Metropolitano! Devolví el pasaje y decidí quedarme hasta hoy. Viajé a Europa tres años después. Llegué en el mejor momento, con una ebullición que era impresionante, los artistas aparecían por todos lados, empezaba el arte pop, ahí estaba Leo Castelli y las primeras exposiciones de Warhol, las de Lichtenstein… Recuerdo que compré una de esas sopas Campbell que vendía por 10 dólares porque eran de edición ilimitada y otra obra de la serie de flores, también en offset, por el mismo precio. Y en algún momento en que necesité el dinero decidí venderlas. Me sacó de la crisis. Fue el mejor momento para llegar con 22 años. Era una fiesta. Cuando decidí quedarme me apunté a un taller de grabado, que era lo que yo hacía. No hablaba inglés, sino francés y ahí conocí a mi primer marido, que fue mi traductor, Luis Camnitzer y fundamos el New York Graphic Workshop junto a José Guillermo Castillo. Mi sitio estaba en aquella ciudad.

    Y en aquella ciudad se forjó una artista conceptual. ¿Se define usted así? Sí, yo diría que sí. El arte conceptual es cuando uno empieza a pensar en la idea y de ahí pasa a la técnica, algo que, sobre todo, les sucede a los grabadores. Yo hacía mucha autocrítica. Estaba tan metida en la técnica que no pensaba en las ideas y decidí darle la vuelta. Analicé mi propia obra y me di cuenta de que me importaba el límite entre la representación y el objeto. Depuré mi obra y la limpié. El arte conceptual es un poco eso, empezar a pensar desde la idea y que la técnica sea secundaria.

    ¿Es importante el elemento teatral en sus obras? Hay mucho de teatralidad en mi obra, incluso en las fotografías que he hecho. En Buenos Aires pasé al teatro de una manera fácil y sencilla porque estaba ahí, solo tenía que dar el paso. He dirigido cinco obras ya. Fue una experiencia genial. Tuve gente que me ayudó mucho y, por si fuera poco, nos fue buenísimo. Increíble. Y con ese grupo de actores seguimos trabajando. Me dan muchas ganas de volver a dirigir porque es apasionante.  Muchas de mis obras son puestas en escena de situaciones, lo que sucede es que en el teatro, los personajes están vivos… [Gema Pajares. Foto: Alfredo Arias]

  • Portada

     

  • Tefaf

  • Nantes

  • Muba

  • Museo Picasso Barcelona

  • Hortensia

  • Azkuna

  • Maca

  • Sorigué

  • CCCC

  • Salon du dessin

  • Suscripción

  • This website stores cookies on your computer. These cookies are used to provide a more personalized experience and to track your whereabouts around our website in compliance with the European General Data Protection Regulation. If you decide to to opt-out of any future tracking, a cookie will be setup in your browser to remember this choice for one year.

    Accept or Deny