• El realismo mágico de Valérie Belin

    Culturistas, transexuales, maniquíes, mujeres sepultadas bajo capas de flores o dobles de Michael Jackson, todos ellos forman parte de la iconografía con la que Valérie Belin (Boulogne-Billancourt, 1964) indaga cómo se construyen visualmente conceptos como la identidad, la belleza y el poder. “No busco representar la realidad, sino mostrar que siempre está mediada, filtrada y fabricada”, explica. Belin llegó a la fotografía después de haber estudiado Filosofía y Bellas Artes. Su mirada a través del objetivo le sirve para meditar sobre la relación entre realidad, representación y artificio. En 2006 incorporó el color a sus instantáneas desarrollando un lenguaje que ha definido como «realismo mágico», en el que la figura se vuelve un híbrido entre carne, icono e ilusión. Su trabajo ha sido expuesto en instituciones como el MoMA de Nueva York, el Centre Pompidou de París, el Victoria & Albert Museum de Londres y la Kunsthaus Zürich, entre otras. Galardonada con el Prix Pictet en 2015 y nombrada comendadora de la Orden de las Artes y las Letras en 2022, Belin acaba de ingresar en la Académie des beaux-arts en 2026, culminando una trayectoria dedicada a profundizar en la naturaleza y el poder de la imagen contemporánea. Estos días presenta en el Museu Picasso de Barcelona una selección de su trabajo explorando sus conexiones con el legado picassiano.

    Usted llegó a la fotografía desde las Bellas Artes. ¿Cómo ha influido la historia del arte en su práctica? Así fue, llegué a la fotografía a través de mis estudios de Bellas Artes. Nunca la he visto como un medio autónomo, independiente del resto de prácticas artísticas. Su historia está completamente entrelazada con la pintura, así como con la escultura. Mi entrada en el campo de la fotografía se produjo a través de la pintura, la escultura y, más en general, de las artes de las formas. Yo concibo cada una de mis imágenes como un objeto construido, como una pintura. Veo la historia del arte como un repositorio de modelos y narrativas, pero también de convenciones que pretendo desafiar. Funciona menos como una referencia que como una estructura subyacente que influye en mis elecciones.

    Empezó a hacer fotos a mediados de los 80. ¿Cuáles fueron sus primeras influencias? Diría que estaban más en la escultura y la pintura que en la fotografía misma. Entre las referencias iniciales se encontraba el minimalismo estadounidense y el barroco. Mis primeras fotos tenían un enfoque algo conceptual. Tengo múltiples referentes fotográficos, por ejemplo, como Eugène Atget y Walker Evans.

    Sus fotografías desdibujan lo «real» y lo «ilusorio». Desde muy pronto, sentí la necesidad de distanciarme de cualquier forma de naturalismo. La fotografía lleva consigo una ambigüedad fundamental: es tanto una «huella de la realidad» como una construcción pura. Lo que me interesa es precisamente este espacio intermedio. La ilusión no es un efecto; es una condición.

    ¿Por qué decidió retratar maniquíes en vez de personas reales? Todo comenzó en 1999 después de mi serie Bodybuilders sobre culturistas. Eran personas reales, sin duda, pero encarnaban un ideal de belleza. Seguí fotografiando a jóvenes modelos -las llamadas «caras nuevas»- seleccionadas de una agencia de modelos. Esto me llevó a la serie Models I en 2001. Luego fotografié maniquíes de celuloide en 2003. El hilo conductor es que todas estas personas u objetos encarnan un modelo de belleza, con una dimensión artificial. El maniquí introduce una distancia esencial: ya es una imagen. A diferencia del modelo vivo, no actúa, no proyecta emociones. Permite dejar de lado la expresión en favor de la superficie, la máscara, la apariencia. Esto enlaza con mi interés por la neutralización de la presencia.

    Retrata a las personas como si fueran esculturas, congelándolas, convirtiéndolas en imágenes. ¿Hay un mensaje subyacente? Yo no lo llamaría un mensaje, sino más bien una creación de tensión. Lo que me seduce es justo ese momento en que el ser viviente muta en forma, cuando el individuo se vuelve una especie de abstracción. La fotografía tiene el poder de congelar un instante en el tiempo, pero también de transformarlo. En este sentido, es parecida a la escultura: produce cuerpos que ya no son cuerpos… [Vanessa García-Osuna. Foto: Louis Lenepveu]


     

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