• El continuo renacer de Isabel Muñoz

    Isabel Muñoz (Barcelona, 1951) es una figura fundamental de la fotografía contemporánea. Su insaciable curiosidad viajera le ha llevado a países lejanos de enorme diversidad antropológica para escrutar realidades que hablan por sí solas de tiempos, culturas, individuos, vidas… historias contadas en imágenes directas, emocionalmente nítidas y conceptualmente cohesionadas. Detrás de la observación profunda casi planetaria, asoma la trascendencia espiritual del ser humano universal. Su mirada goza de una aguda tangibilidad sensitiva que ve más allá de la crónica social o del instante decisivo. Es el ojo interior que hace aflorar lo de dentro a través de la piel y sus marcas (tatuajes, adornos, gestos, músculos en tensión). Una auténtica cartografía de la anatomía humana. Es el movimiento en pausa, el sonido del silencio. Un rico juego visual de verdades perdurables y entelequias desmontadas. Fotógrafa experimentada y experimental, Isabel Muñoz se halla en el cénit de su vida profesional y artística.  Sin embargo, todo nuevo proyecto se le aparece como una fascinante aventura por emprender, cámara en ristre. Celebró su primera individual en el Instituto Francés allá por 1986 y desde entonces su obra, mucha de gran formato y en blanco y negro, ha sido expuesta en los más relevantes museos y galerías, formando parte en la actualidad de prestigiosas colecciones privadas y museos. Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes en 2009, Premio Nacional de Fotografía 2016, Premio World Press Photo y PHotoESpaña 2021, entre otros reconocimientos. Desde 2022 es miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

    Presenta en la Galería de las Colecciones Reales la exposición Las piedras del cielo, en el marco de PHotoEspaña. ¿Qué ha supuesto este proyecto? He tenido muchísima suerte. María Santoyo, su directora, me ha hecho un regalo enorme porque, aunque para mí la de Felipe II no era una época ni una figura en la que yo hubiera estado especialmente interesada, de repente se me abrió un mundo fascinante que desde diciembre me ha tenido enamorada. Un personaje tan denostado por la historiografía en lo que ya entonces empezaba a ser el principio de las fake news. Los fotógrafos somos curiosos por naturaleza y esa curiosidad me ha llevado a un tema como este que me ha entusiasmado.

    ¿Y qué ha descubierto en estos meses de investigación? Me he sentido muy cerca de lo que debió ser ese momento de la historia. Felipe II creó en el principio del Renacimiento un centro de saber científico, filosófico en El Escorial, a espaldas de la Inquisición rodeándose de un círculo de personajes venidos de toda Europa, los mejores médicos, astrólogos, pensadores de todas las creencias y religiones, hebreos, árabes, cristianos… a los que él protegía y de los que se nutría como monarca Austria y culto que fue. El conocimiento también tenía esa parte de alma, una vía para llegar a Dios como ocurría con la alquimia. Muchos de aquellos humanistas eran seguidores de Ramón Llull, como Arias Montano, por ejemplo. Otra figura interesantísima para entender cómo se construyó el Monasterio es el Padre Sigüenza, porque escribe con imágenes.

    ¿Cómo ha abordado el tema a través de la fotografía? La obra incluye fotografías, objetos, vídeo e instalación. Y tiene la piedra, el granito como hilo conductor, con piezas hechas del mortero que los artesanos de la época empleaban. Hay una parte del trabajo que son los cuadernos de campo que hablan de la importancia de la cantería en el siglo XVI. Trabajan a partir de maquetas a tamaño natural, una de las cuales se conserva en El Escorial y he podido fotografiar. Se inventan nuevas técnicas y artilugios para construir.  Juan de Herrera decidió que los sillares para la construcción fueran tallados en la misma cantera de Cantabria, de donde se extrajo la piedra. Hay otro apartado dedicado a la Torre de la Botica donde experimentaban los alquimistas y también los médicos, el Huerto del Prior, etc. Pero lo que más me ha impresionado ha sido la Biblioteca, una de las supervivientes que ha resistido a la invasión francesa, a la desamortización de Mendizábal, a los incendios, a la Guerra Civil…

    ¿Desde siempre le gustó hacer fotos? Sí, me recuerdo desde muy pequeña haciendo fotos sin cámara, solo con la mirada. Me pasaba el tiempo observando a las personas en las reuniones familiares, en la calle, etc. Y me fijaba en las expresiones de pena, de alegría, de miedo. Mi primera cámara fue una que todavía conservo y compré a los trece años con mis ahorros que había ido guardando de los aguinaldos de Navidad.

    ¿Cómo fueron los primeros años de aprendizaje en Madrid?  Bueno, empecé a finales de los años setenta en el PhotoCentro con unos medios bastante rudimentarios, pero lo pasábamos muy bien. Allí conocí a Ramón Mourelle y Eduardo Momeñe, de los que aprendí mucho. En invierno trabajaba como fotógrafa freelance y para completar mi formación pasaba los veranos en Nueva York estudiando en el International Center of Photography. Quería aprender lo que me faltaba aquí para luego practicarlo. Iba buscando la técnica para después poder crear lo que realmente me interesaba. Es importante conocer el medio analógico, aunque luego cada cual tiene la libertad de aplicarlo o no, a su manera… [Amalia García Rubí. Foto: Alfredo Arias]

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