Hay varios caminos para cumplir con la máxima socrática de “conócete a ti mismo”. El elegido por Gabriel Calparsoro ha sido el arte, que ha coleccionado “desde la necesidad de vivir con obras que me ayudaran a conocerme”. Dos han sido sus guías en esta singladura: el estudio y la conexión emocional con las obras. Hoy sus fondos, de alcance internacional, comprenden alrededor de 180 piezas, entre las que hay fotografía, escultura, pintura y video creación. Les une su carácter social, político y experimental, y también que el coleccionista encuentra en ellas ecos de su propia experiencia vital. Cree en la importancia de hacer llegar el arte contemporáneo allí donde no se le espera. Con ese propósito, el de democratizar el acceso a la cultura y fomentar el diálogo sobre las realidades de nuestra sociedad actual, ha constituido recientemente la Fundación Calparsoro con el fin de activar la colección a través de colaboraciones con instituciones públicas y privadas e impulsar proyectos de filantropía. Este mes, recibe el Premio A al Coleccionismo que concede la Fundación ARCO.
¿Cómo nace su interés por el arte? En mi familia y en mi entorno más cercano no había antecedentes de coleccionismo, aunque sí un interés general por el arte. Digamos que yo llegué a él de forma un poco intuitiva, fruto de mi búsqueda personal. Siempre digo que la mía es una colección emocional.
¿Cuándo empieza a comprar? Hace más de treinta años, pero coleccionar de forma sistemática, dedicando tiempo a seguir las carreras de los artistas, a estudiar a fondo su trabajo, a viajar para visitar exposiciones, ferias y bienales, etc., eso llegó más tarde. En cualquier caso, no fue producto de una decisión premeditada. Nunca fui consciente en mis inicios de estar creando una colección. Empecé a comprar casi por necesidad.
¿En qué sentido? En los primeros años de mi juventud viví un proceso de búsqueda personal, y el arte fue para mí un agarradero porque me permitió descubrir artistas que trataban temas con los que me sentía identificado. En 1988, al acabar la universidad, me trasladé a Nueva York, y aquello fue un cambio radical. No sólo en la forma de acceder al arte, sino de vivirlo.
¿Cómo le recibió la ciudad? Llegué para cursar un postgrado de publicidad en la School of Visual Arts. El Nueva York de entonces no tenía nada que ver con el actual. Estaba saliendo de la bancarrota, era un lugar más sucio y violento, era el momento álgido de la crisis del sida. Pero, al mismo tiempo, había una efervescencia creativa asombrosa.
Especialmente en las galerías. De hecho, yo las descubrí allí. Mis compañeros de clase solían quedar para ir los jueves al SoHo y al Lower East Side para asistir a las inauguraciones. ¡Era un planazo! Veías arte, podías tomarte una copa de vino… Descubrí un ambiente muy abierto e inclusivo, desde el punto de vista del espectador, claro, no desde el del coleccionista, porque a mí en aquel momento ni se me pasaba por la cabeza comprar.
¿Qué artistas le llamaron la atención? Descubrí algunos como Keith Haring o Nan Goldin que hablaban de cosas que me interpelaban. Y me di cuenta de que el arte era una cosa que podía incorporar a mi vida. Hasta entonces todavía tenía la idea equivocada de que era algo reservado para los profesionales, para una élite. Pude quitarme ese prejuicio porque el arte impregnaba la ciudad. Y también era una forma de activismo, estaba conectado con las emociones y con la vida de las personas.
Siempre habla de la conexión emocional. Sí, porque para mí es la premisa.
También gozo con toda la parte de investigación, del estudio. O sea, mi aproximación es a partir del sentimiento, de las sensaciones, pero a la vez no soy impulsivo. No sé comprar rápido, con urgencia. Cuando veo algo con lo que siento afinidad, luego tengo que ir a mi casa, escribir a la galería, pedir catálogos, investigar por internet y empaparme bien hasta sentir que ya entiendo al artista y su universo.
¿Cuál fue la primera obra que le hizo sentir así? Una fotografía de Nan Goldin que mostraba lo que yo tenía que ocultar. Fue una declaración de intenciones. Me ayudó mucho, y me sigue ayudando, vivir con ella. Hasta entonces había hecho adquisiciones esporádicas, pero cuando la compré sentí que estaba poniendo la semilla de algo. Ya tenía el veneno inoculado [risas]. Descubrí a Goldin durante mi etapa en Nueva York y quedé muy “atrapado” por su trabajo, pero esta foto la compré en París a su galerista, Yvon Lambert.
Ha reunido alrededor de 180 obras. Sí, y nunca he sentido la necesidad de separarme de ninguna porque en cada una reconozco un momento de mi vida. Y tengo la suerte de poder convivir con casi todas porque puedo tenerlas expuestas en mis casas de San Sebastián y Madrid, en mis oficinas, y en mi apartamento de Nueva York. Suelo rotarlas cada año. Cuando una obra lleva un tiempo en un mismo sitio, con una iluminación determinada, si la mueves y la pones en diálogo con otras recibe una luz distinta y también otra energía de las obras que están a su lado. Es como redescubrir esa obra.
Su colección refleja su propia experiencia vital. Sí, tiene un marcado carácter social y político porque son cuestiones que a mí me atañen como miembro del colectivo LGTBIQ+. Y también por cómo se ha desarrollado mi propia vida, por ejemplo, los conflictos que haya podido experimentar en el entorno familiar o en el profesional y social. Pero también siento afinidad con artistas como los afroamericanos cuya problemática puede ser a priori lejana a la mía, pero es que hay procesos emocionales que cuando perteneces a una minoría se dan en ambos grupos. Por eso en mi colección hay una presencia significativa de creadores afroamericanos, también porque sigo manteniendo mis lazos con Nueva York y tengo muchos amigos galeristas allí…. [Vanessa García-Osuna. Foto: Alfredo Arias]












