• Paolo
  • La colección Micha Levy, una constelación rebelde

    Al principio era sólo un sueño. Marcos Micha Levy imaginó su colección antes siquiera de poseer un solo cuadro. Así, diseñó una casa en la que cada detalle prefiguraba las obras que irían habitándola. A lo largo de más de medio siglo, con la complicidad de su esposa Vicky, transformó esa quimera en unos fondos en los que, junto a los tótems del arte mexicano moderno y contemporáneo, están representados maestros como Renoir, Manet, Picasso, Marcel Duchamp o David Hockney. El empresario hotelero entendía el coleccionismo como un acto de reflexión y responsabilidad cultural y tras su fallecimiento en 2023 son sus hijos quienes han tomado su testigo y siguen enriqueciendo el legado familiar. La Fundación Casa de México en Madrid presenta por primera vez en Europa este importante acervo en la exposición Rebeldías vanguardistas, comisariada por Taiyana Pimentel, que ofrece una fascinante mirada a la modernidad artística en México y Latinoamérica. Moisés Micha Smeke, hijo del mecenas, ha sido testigo privilegiado del proceso de gestación de esta colección cuya historia nos descubre.

     ¿Cuál fue su primer recuerdo relacionado con el arte? Conservo un recuerdo nítido del día en que llegó a casa el retrato de Henri de Chatillon de Diego Rivera, pintado en 1944. Desde ese mismo instante supimos que algo iba a cambiar. Mi padre se encargó de diseñar una casa nueva para albergar una colección que en aquel momento todavía no existía, era sólo un sueño. Y en cuanto nos mudamos a ella, en 1977, llegaron dos obras que marcaron un punto de inflexión.

    Creo que una de ellas fue un Rivera. Así es porque mi padre era un gran admirador suyo. En la primera subasta de arte latinoamericano que organizó Sotheby’s en Nueva York tuvo la oportunidad de adquirir dos murales portables que Rivera había creado para su histórica exposición del MoMA en 1931, la segunda que le dedicaban a un artista extranjero, después de Matisse. En el museo le habilitaron un estudio en el sótano para que pintara siete murales y presentar al mundo el muralismo mexicano. Mi padre compró las obras por teléfono pero a continuación, junto con mi madre y conmigo, viajamos a Nueva York para verlas in situ. Nos quedamos impresionados al comprobar su tamaño, ¡pesaban casi una tonelada!. A lo largo de su vida, mi padre logró reunir una veintena de obras de Rivera, con importantes retratos de gran formato, obra sobre papel, estudios para sus murales…

    La casa acabó convertida en un museo. Sí, ya se construyó con muros enormes con esa idea, la de tener espacio para exponer la futura colección, es decir, el arte no está en estancias reservadas ni almacenado, sino que las obras se encuentran por toda la casa, donde sigue residiendo nuestra madre.

    ¿Cómo era el mercado del arte en los años 70? Completamente distinto al actual, más pequeño y con otros precios, por eso mi padre pudo conseguir tantas piezas magníficas. Empezó con Rivera, pero también se dedicó a José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, máximos representantes del muralismo mexicano. Este movimiento surgió a principios de los años veinte a instancias de José Vasconcelos, entonces ministro de Educación Pública, que les invitó a intervenir los muros de edificios públicos para concienciar al pueblo sobre la historia de México. Más tarde, mi padre incorporó a la colección también el modernismo mexicano hasta acabar incluyendo a artistas de Latinoamérica, Norteamérica y Europa.

    Como ferviente admirador de Rivera, ¿qué opinaría su progenitor de que Frida Kahlo se haya convertido en la artista femenina más cara del mundo? La verdad es que Frida le interesaba poco, su ídolo fue siempre Diego; digamos que a ella se la veía más como la esposa de Diego, como una artista surrealista y demás, pero en aquel momento no era tan popular, este fenómeno se ha ido construyendo en los últimos años. Mi padre compró una pintura de Frida en subasta que se expuso en el Palacio de Bellas Artes de México, pero Raquel Tibol, la gran experta, le transmitió ciertas dudas sobre su autenticidad y él mandó descolgarla y se desprendió de ella sin dudarlo.

    El otro nombre clave de la colección es Picasso.  A finales de los ochenta y principios de los noventa, mi padre se interesó por él y adquirió una escultura en barro con esmalte que fue el molde para Fernande peinándose. Es una pieza de 1906, realizada en Gósol, en su periodo rosa. También consiguió dos tapices monumentales que habían sido comisionados en su día por Rockefeller, además de la pintura de un cráneo de oveja, que Picasso creó en 1939, en plena guerra.

    Tienen también un Duchamp muy deseado. Cuando fallece William Copley, amigo, mecenas y marchante de Duchamp, salió a subasta su legado en el que se encontraba Desnudo con medias negras, un óleo de 1910, uno de los pocos, o de los últimos, que hizo antes de pasarse a los readymades y al arte conceptual. Los demás cuadros, apenas un puñado, están en museos públicos, éste posiblemente sea el único que se conserva en manos privadas. Lo hemos prestado para la retrospectiva que el MoMA inaugura este mes dedicada a Duchamp, una muestra que en otoño viajará al Museo de Filadelfia, y el año próximo podrá verse en el Grand Palais de París.

    ¿Qué obras les solicitan más? Aparte del duchamp, los rivera, los tamayo, y también el picasso, que ha dado ya la vuelta al mundo.

    La nómina de artistas contemporáneos es igual de impresionante: Anselm Kiefer, David Hockney, incluso Allen Jones con una de sus famosas “mujeres-mueble”. A mi padre le interesaron estos artistas porque todos ellos visitaron México y expusieron aquí en los años 80 y 90. Por ejemplo, cuando Hockney expuso en el Museo Tamayo, adquirió un óleo muy representativo, que plasma a Gregory durmiendo en un hotel en el Estado de Puebla. Y con Rauschenberg sucedió algo similar. Él vino a México a través de su proyecto Roci que llevaba por el mundo y produjo una serie de piezas; la nuestra es sobre la fachada del Palacio de Bellas Artes. Allen Jones sí que es una bala perdida [ríe]. La explicación es que cuando cumplí 13 años y celebré mi bar mitzvah me preguntaron qué regalo me haría ilusión y les dije que esa obra.

    Hablemos de Rebeldías vanguardistas, la exposición en Casa de México. La comisaria, Taiyana Pimentel, ha seleccionado un centenar de obras de nuestra colección en las que, a través de artistas como Diego Rivera, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros, Francisco Toledo o Mathias Goeritz, entre otros, se traza una panorámica del arte mexicano del siglo XX, desde la mirada personal de mi padre. Creo que para el público español será particularmente interesante descubrir a una figura como Miguel Covarrubias, a quien hemos dedicado una sección específica. Fue un hombre del Renacimiento: ilustrador, caricaturista, dibujante, pintor, antropólogo, museógrafo y escenógrafo. La nuestra es la colección particular más grande consagrada a él y en ella está representada toda su carrera: su época neoyorquina, la de Bali, la de México, su investigación del Istmo de Tehuantepec, etc.  [Vanessa García-Osuna. Foto: cortesía Fundación Casa de México en Madrid]

     

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