• La colección de Anne Wachsmann

    Anne Wachsmann transita con naturalidad entre dos mundos que a menudo se consideran opuestos: el rigor del derecho y la sensibilidad del arte contemporáneo. Nacida en Estrasburgo, se formó como jurista en la universidad de su ciudad natal y amplió sus estudios en el Collège d’Europe de Brujas que forma a los futuros directores de la Comisión Europea en Bruselas, institución a la que regresaría más tarde como profesora invitada para impartir seminarios sobre control de concentraciones de empresas en la Unión Europea. Desde entonces, su trayectoria ha oscilado entre la precisión normativa y una reflexión constante sobre las imágenes que nos rodean, explorando la tensión entre reglas y creatividad, entre la lógica de la ley y la libertad de la contemplación.
    Su carrera en el ámbito del derecho de la competencia la llevó a ocupar posiciones de especial relevancia. Pasó más de dos décadas en el prestigioso despacho anglosajón Linklaters, donde asesoró en complejas operaciones de fusiones y regulación de mercados. En 2025 alcanzó un nuevo hito al ser nombrada vicepresidenta de la Autorité de la Concurrence (Autoridad de la Competencia francesa), cargo al que accedió por decreto presidencial y desde el que vela por la equidad de los mercados y la libre competencia. Entre París y Barcelona —ciudades que articulan su biografía profesional, familiar y cultural—, Anne orquesta un ritmo que armoniza trabajo y contemplación. Está casada con Emmanuel Guigon, doctor en Historia del Arte, especialista en las vanguardias históricas y en el arte español y director durante una década del Museu Picasso de Barcelona. Juntos comparten un hogar en el que la creación contemporánea y la reflexión crítica sobre la imagen atraviesan la vida cotidiana. Aquí, el arte no es un gesto superficial, sino conversación permanente: un espacio en el que cada obra dialoga con quienes la habitan y les invita a mirar de nuevo el mundo. Anne confiesa que el arte funciona para ella como una lente para observar la realidad: “Observar una obra es aprender a detenerse, a descifrar el tiempo y la memoria que guarda. Cada pieza me enseña a ver las ciudades, a leer los gestos de las personas, a percibir lo cotidiano con atención”, asegura. De este modo, París y Barcelona se convierten en un territorio de reflexión constante y descubrimiento, donde la vida se traza en matices de luz y memoria. Tal vez esa sea la esencia misma del arte: aprender a mirar, a sentir y a pensar el mundo que nos rodea. Aunque centrada en el arte contemporáneo y con especial atención a la fotografía, este acervo también incluye obras de artistas españoles que Anne y Emmanuel seleccionan por su capacidad de establecer un diálogo con la memoria, el paisaje y la acción humana.
    Para ellos coleccionar es un acto de atención prolongada: cada obra crea un vínculo con el artista, con su tiempo y con un ecosistema cultural más amplio que considera esencial para la vitalidad de cualquier sociedad. “Cada imagen tiene una vida propia y al convivir con ella, aprendes a leer el tiempo, la historia y la emoción de otros”, manifiesta Anne, “es un aprendizaje constante sobre el mundo y sobre uno mismo.”

    Su trayectoria combina derecho, función pública y coleccionismo de arte contemporáneo. ¿Cómo describiría la manera en que estas diferentes facetas de su vida se relacionan entre sí? Para mí es como un respiro respecto a mi profesión de jurista, que exige una mirada cartesiana y muy rigurosa. A veces tengo la impresión de vivir una doble vida que me abre otros horizontes, donde no hay reglas. Es muy interesante empezar el día con reuniones sobre el futuro de una regulación sobre la competencia en Europa y terminar la tarde en el Palais de Tokyo asistiendo a una performance artística. Son dos universos completamente distintos, pero la creatividad es también una cualidad muy útil para buscar soluciones prácticas en el mundo de los negocios. Como sabe, estoy especializada en derecho de la competencia, que requiere conocimientos económicos, jurídicos y multisectoriales.

    Es esa doble mirada —la que se detiene en la ley y en la luz de una imagen— la que guía su manera de observar la realidad: entre la norma y la percepción. ¿Qué significa para usted la idea de una “ley secreta de las imágenes” y cómo atraviesa su vida profesional y personal?
    Necesito vivir rodeada de obras de arte. En mi despacho siempre me han acompañado fotografías, tanto en el bufete de abogados como ahora en mi oficina en la Autorité de la Concurrence. Entre ellas figuran obras del fotógrafo japonés Daidō Moriyama, de quien también conservo otra pieza aquí, en mi casa de Barcelona; de Joel Sternfeld, gran maestro estadounidense del color; o de Stephen Shore, cuyas imágenes habitan mi casa de París, junto a otros nombres, como la reciente incorporación de Smith, fotógrafo francés cuya obra evoca una visión casi cósmica de la naturaleza. Hay, sin embargo, una excepción que considero esencial: en nuestro dormitorio las imágenes están prohibidas. No hace falta escenografía alguna para soñar.

    Mirar es para usted un acto que excede la contemplación estética: es también un aprendizaje sobre el mundo, sobre el silencio y sobre los límites de lo visible. Su colección se centra en el arte contemporáneo, con especial atención a la fotografía y con presencia de autores españoles. ¿Qué criterios adopta al incorporar una obra? El encuentro con mi marido, Emmanuel Guigon, en Estrasburgo donde era el director del Musée d’Art Moderne et Contemporain (MAMCS), hace más de veinte años fue decisivo. Aunque mi relación con el arte venía de antes, gracias a las frecuentes visitas a museos y galerías en París y Bruselas, debo reconocer que la educación artística en Francia es bastante limitada. Sin embargo, confieso que soy una afortunada: tuve la suerte de contar con unos padres que amaban el arte y que me llevaron a visitar museos de toda Europa, algo que considero un privilegio enorme. A ello se suma la lectura: siempre he profundizado en libros y catálogos para conocer a artistas y movimientos. Con frecuencia, tras visitar una exposición, surge el encuentro con un creador que me conmueve de inmediato. Recuerdo, por ejemplo, que en el festival PHotoEspaña nos topamos con Cristina García Rodero y Barbara Brändli, ambas hoy presentes en nuestra colección de Barcelona.

    ¿Hacia qué tipo de artistas siente afinidad? Me interesan especialmente las fotógrafas vinculadas al pensamiento feminista, como Colita y Pilar Aymerich, en España, representadas por la galerista Rocío Santa Cruz. En nuestro piso de París también conviven obras de Ouka Leele, Carmen Calvo, Nan Goldin, Diane Arbus, Claude Cahun, Taryn Simon o Zanele Muholi. Estas artistas comparten espacio con creadores como Andrés Serrano, de quien poseemos una pieza de su última serie dedicada a los robots. [Natàlia Chocarro. Foto: Maria Dias]

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