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  • Alfredo Alcain, pintar la vida

    Ars longa, vita brevis … A la vista queda que en el caso de Alfredo Alcain (Madrid, 1936) la máxima de Hipócrates solo se cumple a medias, pues su larga existencia y fecundísima creatividad siguen situando al pintor madrileño a la vanguardia. Fiel amigo de sus amigos, entre los que se cuentan críticos, escritores, galeristas y artistas que le siguen y a los que sigue, cercano en el trato y despreocupado de lo superfluo, siempre recibe al igual con una sonrisa abierta y una mirada amable. Hay algo de niñez sin blandura en la obra de este fantaseador de realidades y memorias, un no renunciar al juego del arte, a ese carácter mágico y festivo que mezcla el humor, la historia social, la cultura popular y le grand art. En su constante revisitar momentos y lugares, la pintura se nutre a diario de la vida, la casa, la calle, el libro leído, la fotografía remirada o el museo paseado. Alcain habita y trabaja en el mismo piso del barrio de Salamanca que le vio nacer en plena Guerra Civil. Su taller lo ocupan dos luminosas estancias contiguas con balcones a la calle, de lo que en otro tiempo sería el área noble de la vivienda. Cuadros, objetos de viajes, pequeñas esculturas y juguetes, arropan lo serio y acendrado de las herramientas de pintor, el caballete, los pinceles, los tubos… Tan necesaria es la disposición adecuada de las cosas que sin ella sería difícil hacer fluir las ideas con claridad y que éstas a su vez ocuparan su sitio perdurable sobre lienzo. Formado en Bellas Artes, grabado y decoración cinematográfica, ha expuesto en numerosas instituciones y galerías de prestigio dentro y fuera de España. Su obra está presente en colecciones como el Museo Reina Sofía o el Museo de Bellas Artes de Bilbao. Además, ha recibido reconocimientos como el Premio Nacional de Artes Plásticas (2003) y el Premio Tomás Francisco Prieto (2010). Sus seis décadas de carrera se repasan en la antológica que le dedica la Sala Alcalá 31 de la Comunidad de Madrid, comisariada por Mariano Navarro, que puede visitarse hasta el próximo 11 de enero. En este último gran resumen de su prolífica trayectoria se han reunido casi 160 títulos en técnicas y soportes tan variados que podría hablarse de muchos “Alcaines” en una sola personalidad. El periplo expositivo resulta a ojos del espectador amable en su recorrido, cálido en la escala y extraordinario en el contenido.

    Desde su exposición de 2011 en la Casa de la Moneda, no había tenido lugar una gran antológica en Madrid… Sí, es cierto. Aunque aquella de la Casa de la Moneda reunió únicamente grabados, litografías y dibujos. Se tituló Miradas sobre el papel, y abarcaba obra desde los comienzos. Más tarde, en 2022 hice otra exposición bastante amplia en el Marco de Vigo, pero con un mayor peso en los últimos años.

    La actual retrospectiva en Alcalá 31, ¿hace un recorrido desde el momento actual hasta los primeros años? Sí, esta vez, nos hemos centrado más en las primeras décadas de mi producción, sobre todo en los años 60 y 70, muy representados frente a la obra reciente. Queríamos cargar el peso en esos períodos menos conocidos para el público. Además de los óleos, se han traído cosas de menor tamaño, objetos, apuntes, collages y pequeñas piezas que le dan un carácter íntimo, una intención de mostrar esa cara no tan espectacular del gran formato, aunque también hay cuadros grandes, claro.

    En el recorrido encontramos títulos de su etapa formativa y otros prácticamente recién terminados. Hay algunas obras muy tempranas… Sí. Paisaje de desmontes de 1957 y el Bodegón de las Manzanas de 1958 son los dos cuadros más antiguos de la muestra, un momento muy incipiente… Con el paisaje del año 57, gané el Premio Sésamo, estando todavía en la Escuela. En la calle del Príncipe de Madrid, las Cuevas de Sésamo era un sitio un poco secreto, un sótano donde se reunían escritores y artistas en los años del existencialismo y se organizaban certámenes de novela corta y pintura.

    El Edificio de Palacios tiene fama de ser un poderoso espacio a veces difícil de domeñar, pero la exposición fluye con ligereza y naturalidad ¿Cómo se ha planteado? En realidad, ha sido una colaboración entre el comisario Mariano Navarro, el responsable del catálogo Andrés Mengs y yo. Hemos trabajado juntos en la selección y montaje, dando prioridad a determinados aspectos, pero sin excluir otros para hacer algo que fuera representativo de todas las épocas. Y creo que al final ha dado un buen resultado. En general, la exposición está gustando mucho por la diversidad, la variedad de obra; la gente se asombra de la cantidad de cosas diferentes que he podido hacer a lo largo del tiempo… Y yo mismo también me sorprendo, a veces [risas]…

    En la obrita A la pintura de 1970 aparece un artista tomando apuntes ante el paisaje, ¿ha sido alguna vez pintor de aire libre? Sí, es un formato mínimo sobre papel en caseína y collage que abre la exposición, como un breve homenaje al arte de la pintura.  Al principio pinté algunas telas al aire libre, paisajes casi todos. Guardo bastantes acuarelas hechas durante los viajes que en ocasiones he expuesto. El pintar del natural es una faceta más relajada, menos reflexiva o analítica que va surgiendo en los momentos digamos “de vacaciones”, un poco al margen del trabajo diario en el estudio. Pero yo no soy por naturaleza un pintor de pincelada rápida, sino más bien lento. Por eso me asombra cómo me ha podido dar tiempo a pintar tanto… [Amalia García Rubí. Foto: Alfredo Arias]

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