Su estudio es como una habitación con vistas en la sexta planta de un edificio industrial de Badalona, donde cada vez más artistas eligen instalar su lugar de trabajo. Desde los grandes ventanales de David Bestué (Barcelona, 1980) la mirada queda alineada con el edificio de Las Tres Chimeneas, más icónico que nunca después de haber sido sede de Manifesta 15 Barcelona. Y al fondo, el mar; un lujo para los sentidos. Luminoso y aireado, su terraza es ideal para trabajar con los moldes de sus esculturas; el taller está repleto de yesos, de moldes y de pétalos de flores de distintos colores, que utiliza como base de sus pigmentos. Participó en la Bienal de Venecia con Marc Vives en 2009 y desde entonces se fueron sucediendo importantes exposiciones institucionales. Sus esculturas tratan de la estética del fragmento como reflejo de nuestra época, donde todo se superpone y el tiempo se desvanece. En paralelo a su trabajo escultórico, ha escrito libros sobre arquitectura y es comisario de exposiciones, la más reciente, Flor Hispania, en el CA2M.
¿Qué significa para un artista ser comisario de exposiciones? Siempre me han interesado los artistas de los años 60-70, que escribían y organizaban exposiciones, como Dan Graham o Donald Judd, que además hacía crítica de arte, y desde el principio he estado escribiendo libros, sobre todo de arquitectura. Por eso, cuando me propusieron hacer una exposición en la Fundación Joan Miró de Barcelona sobre la escultura del siglo XX o esta última en el CA2M de Madrid, acepté con placer. En el caso del CA2M, las piezas que he elegido de su colección conviven con otras mías. Me encanta el arte contemporáneo y el arte en general, y es un placer poder hacer exposiciones con obras de las que he disfrutado mucho, reunirlas en un mismo espacio y darles un hilo conductor, es un sueño.
¿Se siente reconocido como artista? Empecé trabajando con otro artista, Marc Vives, éramos la pareja Bestué-Vives, y desde muy jóvenes conseguimos cierto reconocimiento; participamos en la Bienal de Venecia, expusimos en diferentes museos y ya pude dedicarme al arte. Sí que me siento reconocido, aunque más a nivel institucional o de crítica que de mercado. También porque mis obras suelen ser efímeras o no están planteadas para un interior doméstico. En estos últimos años he recibido muchos encargos públicos, y para mí ha sido un honor. Creo que todo comenzó con Rosi Amor, la exposición que me dedicó el Reina Sofía en 2017. Después vino la pandemia y tuvo que posponerse la de la Fundación Joan Miró, después hice una grande en La Panera, en Lleida; otra en Fabra y Coats, en Barcelona; Patio Herreriano, en Valladolid, y después en el CA2M. O sea, cinco exposiciones grandes en cinco años. Estoy muy agradecido y esto me ha permitido hacer un tipo de trabajo no tan dirigido a las galerías. Mi antigua galería, García Galería de Madrid, cerró con la pandemia y, hasta hace poco, que he entrado en Ehrhardt Flórez, he estado cuatro años sin galería.
Como comisario tiene una voz adicional que como artista, en la privacidad de su estudio, no tendría. ¿Cree que se sentiría igualmente reconocido si no hiciera comisariados? No lo sé, pero creo que me enriquece. Para mí el arte es una manera de comunicar, y cuantas más herramientas pueda usar, mejor. Escribir un libro, hacer una exposición, hacer obras, son herramientas básicas para comunicar, y cuanto más diversas más enriquecerán mi discurso. Si eso significa que soy más reconocido, quizás sí, por el hecho de que se me pueda leer o que se pueda entender mi trabajo por la selección de otros trabajos. Prefiero que no se me identifique como comisario, sino como un artista que hace exposiciones.
¿Cómo incluye los acontecimientos históricos en su obra? Mi campo de trabajo es España, y a lo largo de los años me he ido aproximando a diferentes maneras de entender el país. Quizá me ha interesado porque creo que es un lugar en el que todavía hay un choque de imaginarios, que todavía no está resuelta esa identidad. Y el hecho de hacerlo desde Barcelona, desde la periferia, permite observarlo desde múltiples miradas, un poco más distante que desde el centro. Aunque aborde diferentes épocas o autores, siempre lo planteo desde el presente. Es decir, si escribo sobre el Monasterio del Escorial y lo que significa para cierta idea del país, lo hago desde el presente, no lo que era en el siglo XVI, sino lo que significa El Escorial en el siglo XXI. Y si escribí sobre Enric Miralles y Carme Pinós fue porque para mí eran una manera de hablar de Barcelona en los años 80-90. Si escribo sobre Olvido García Valdés, una poeta del siglo XX y principios del XXI, es porque me sirve para hablar de Valladolid, también de esa época. Y cuando hablo de la ingeniería española, sobre la que hice otro libro, es para abordar también ciertas situaciones sociopolíticas o culturales y siempre con un vínculo con el presente… [Marga Perera. Foto: Maria Dias]





