• Jordi Colomer: ciudad, política, espacio

    En la frontera entre Bellvitge, la zona industrial y el “distrito cultural” de L’Hospitalet de Llobregat (Barcelona), donde se estima que hay más de 400 artistas, diseñadores y arquitectos, está el estudio de Jordi Colomer (Barcelona, 1962), un artista cuyo trabajo aborda la complejidad social de la ciudad. Lo que fue una antigua imprenta de 700 m² llena de máquinas, hoy es un espacio muy diáfano con grandes ventanales desde donde se ve, al fondo, la Plaza Europa, la plaza que atrae a arquitectos y estudiantes de todo el mundo para visitar sus rascacielos, especialmente los de Toyo Ito. Pero lo más bonito del estudio para Colomer es la luz que entra desde primera hora de la mañana, realmente espectacular; el espacio no es sólo su estudio, sino que, como dice él mismo, es como una pequeña ciudad, fundada como un laboratorio de creación y producción artística con el propósito de generar encuentros entre las artes visuales y las artes de la escena, intercambios, residencias, talleres, y eventos públicos. Lo fundó en 2017 con su mujer, Carolina Olivares, productora de cine, y se llama La Infinita, en referencia a las infinitas cosas que se pueden hacer y a las que nunca se acaban. Recorremos el espacio y nos muestra pequeños estudios con dormitorio y la cocina. “Lo único que les pedimos es que cuando terminen su proyecto hagan una presentación pública”, explica Colomer, que representó a España en la 57ª Bienal de Venecia. Es artista de la Colección del MACBA, donde el año pasado se celebró una gran exposición, y ahora expone en la galería madrileña Albarrán-Bourdais, mostrando el proyecto utópico de la Ciudad Lineal del urbanista Arturo Soria (1844-1920) de la que se construyó un fragmento en Madrid.

    Usted estudió arquitectura y su trabajo está muy vinculado a la idea de ciudad. Empecé estudiando muchas cosas y no terminé ninguna [sonríe]. Estudié en EINA cuando no era escuela universitaria y tenía un programa muy abierto y multidisciplinar, con historia del arte, color, grabado, poesía, teoría estética… y, sobre todo, era una escuela por la que pasaba mucha gente, como Alexandre Cirici, Eugenio Trías, Joan Brossa, Carles H. Mor… Para mí fue importante conocer EINA, tenía 17 años y me sentía feliz. Y, de hecho, ahora vuelvo a estar ligado a ella con la programación de Las emboscadas, un ciclo de intervenciones de artistas que se desarrollan en colaboración con los estudiantes. Más adelante estudié tres años de Historia del Arte, y tuve un profesor que explicaba con pasión la arquitectura del Renacimiento y Barroco. Un día, en su casa, cocinando una tortilla mientras hablábamos de Palladio, vi clarísima la idea de estudiar arquitectura. En paralelo sucedió que tenía vínculos también con el teatro y colaboraba en proyectos de escenografía; y esa tensión entre la arquitectura y el teatro, entre “la firmeza” y lo efímero, ha resultado ser una gran fuente de ideas, y me ha acompañado en casi toda mi obra.

    ¿Cómo llegó al mundo del arte? De pequeño hacía dibujos que ya parecían procesiones de personas y recuerdo exposiciones en mi habitación que eran como displays de falsos museos arqueológicos, con fragmentos de ladrillos que había traído de la calle y cartelas explicativas. Mas tarde pintaba, compartí varios estudios y empecé con las esculturas. Llegó un momento en que cada vez iba más a menudo al estudio y menos a la Escuela de Arquitectura. Me propusieron una exposición en la Fundació Miró, en el Espai 10, donde está ahora la tienda, y Carles Taché y Juana de Aizpuru la vieron y ambos me invitaron a exponer en sus galerías.

    Su obra está muy vinculada al concepto de ciudad, ¿en qué medida sus estudios de arquitectura le han influenciado? Creo que los útiles de representación de la arquitectura son grandes estimulantes para la imaginación, y si uno no quiere ponerle límites, se puede ir muy lejos. Una vez estábamos dibujando unos planos en que aparecían como 100 apartamentos en una misma planta y recuerdo que en cierto momento empecé a imaginar a todas las personas que estarían en la bañera simultáneamente. Quiero decir que más allá de los aspectos formales o la sabiduría del orden geométrico, por ejemplo, la arquitectura real lleva implícita que será “habitada”, y eso es primordial, reconocer a las personas su capacidad para transformar un artefacto arquitectónico, o también intervenir en el propio proyecto. En este sentido me he interesado por la obra de arquitectos poco ortodoxos como Yona Friedman o los Kroll, y también por la arquitectura vernácula y todas las formas de arquitectura anónima. Pero la ciudad entera se construye también mientras la caminamos, con la ficción, y también poniendo a prueba las leyes establecidas, inventando nuevos usos. Mira, aquí ves un dibujo en el que aparece Ceaucescu, con una maqueta. Él representa el rol del dictador-urbanista, la calle le pertenece. La ciudad es pura política, traducida en el espacio. [Marga Perera. Foto: Maria Dias]

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