• Thomas Houseago a la conquista del espacio

    ¿Puede el arte ayudar a sanar heridas invisibles? Thomas Houseago (Leeds, 1972) así lo cree. Sus figuras totémicas le han servido para exorcizar el dolor causado por abusos sufridos en la infancia y también para conectar con los otros. Formado en la Saint Martin’s School of Art de Londres, y residente desde hace dos décadas en Los Ángeles, es uno de los escultores contemporáneos más destacados de su generación. Ha expuesto en prestigiosas galerías e instituciones como la Royal Academy de Londres, la Galleria Borghese de Roma y el Centre Pompidou de Metz. También con sus amigos Brad Pitt y Nick Cave. Ahora lo hace por primera vez en España, en una muestra organizada en colaboración con la consultora Vande y comisariada por Anne Pontégnie, que se enmarca en el programa de actos del Centenario de la Banca March. Siete obras monumentales se han instalado en el jardín de esta entidad financiera situado en el madrileño barrio de Salamanca. La exposición, que puede visitarse de forma gratuita con inscripción previa, permite recorrer las principales líneas de investigación de este artista cuya práctica integra tradición e innovación. “Como escultor, intento plasmar mis pensamientos y mi energía en un material inerte y dotarlo de verdad y forma, y creo que no hay nada más profundo que lograrlo”, afirma.

    A lo largo de su carrera, ha explorado la pintura, el dibujo y las instalaciones, pero siempre ha vuelto a la escultura. No puedo escapar de ella por una razón, digamos, a la vez personal y extraña, y es que soy alguien que expresa cosas a través del tacto, a través del cuerpo, a través de mi propia energía corporal. Y esa fisicalidad es fundamental para mí. Pero también, políticamente hablando, creo que los artistas tienen que tomar el espacio. En la actualidad estamos situados en la periferia de la sociedad y tenemos que luchar por conquistar nuestro sitio. Es decir, no quiero rendirme y quedarme encerrado en un pequeño estudio sintiéndome enojado por si hay o no un público ahí fuera con el que puedo conectar. Es como una especie de pelea. Así que acabo volviendo a la escultura porque hay una parte de mí que, supongo, siente que esa lucha es importante. Además el tipo de conversación que se puede tener con la gente en torno a la escultura es diferente de la que suscita la pintura o cualquier otro medio.

    Su obra está cargada de referencias, tanto a la música como a la historia del arte y la cultura popular. Puedo mirar una antigua máscara tibetana, sin ser yo mismo tibetano, y, como escultor, sentir que puedo tener mi propia fantasía sobre ella. Eso también me puede suceder viendo una película o un anime con mis hijos. Todo te alimenta. El número uno del arte español, en mi opinión, es Goya, y luego, por supuesto, va Picasso pero es que yo tuve una experiencia formativa clave con las pinturas negras de Goya y con el Museo del Prado cuando era muy joven.

    Sostiene que la escultura, tal y como la entiende, está desapareciendo, «está muriéndose, si no está ya muerta». Es que es justo lo que pienso. Es decir, creo que es una forma de arte que actualmente no tiene espacio social. No es como la arquitectura, que aceptamos que la necesitamos y está asociada a muchas de nuestras fantasías sobre el progreso y el prestigio. La escultura, en cambio, mantiene una relación complicada con el poder y la riqueza. Lo bueno que tienen los grandes escultores es que su trabajo posee una cualidad subversiva que empuja a la sociedad más allá. Y creo que en algún lugar dentro de mí no puedo simplemente quedarme sentado y dejarlo ir… La escultura te desintegra, y por eso es mucho más fácil sentirte vulnerable. Esculpir es un acto muy físico. En él hay violencia y al mismo tiempo, torpeza… [Verena Mallo. Foto: Cortesía Banca March]

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