“Una invitación a escuchar las señales de la tierra y la vida, a conectarnos con las frecuencias del alma”. Así planteó la Exposición de la Bienal de Venecia su comisaria, la camerunesa Koyo Kouoh, fallecida de forma inesperada hace un año. Con el título de resonancias musicales, In Minor Keys, su proyecto aspira “a volver a poner al ser humano en el centro de las cosas”. “Mientras el mundo grita y las voces se distorsionan por el estruendo -hasta el punto de que todo significado queda oscurecido- solo hay una forma de comunicarse: creando una zona de escucha sintonizada a una frecuencia más baja. Más íntima, acogedora, humana, pero no menos carismática”, ha manifestado Pietrangelo Buttafuoco, presidente de la Bienal. La Exposición central se complementa con 100 propuestas nacionales en los históricos pabellones de los Giardini (29), del Arsenale (25) y del centro de Venecia (46). Hay países que participan por primera vez, como Guinea, Sierra Leona, Somalia, Vietnam o Qatar.
Mientras que algunas naciones han recurrido a nombres consagrados del arte contemporáneo, como Lubaina Himid en el caso de Gran Bretaña o Yto Barrada en el de Francia, otras han apostado por creadores emergentes, desconocidos e incluso por muestras colectivas. Esta es una edición marcada por la polémica. El regreso de Rusia al evento y la participación de Israel provocó la renuncia en bloque del jurado por lo que este año los premios se decidirán por votación popular. Además, setenta de los artistas participantes renuncian a optar a los galardones.
Entre los pabellones con mayor impacto mediático está el austriaco y su propuesta Seaworld Venice concebida por la performer Florentina Holzinger, en la que encontramos desde una mujer desnuda a bordo de una moto acuática a otra sumergida en un tanque de agua conectado a dos aseos portátiles en los que se invita a los visitantes a orinar. Abbas Akhavan, por su parte, ha transformado el pabellón de Canadá en un peculiar invernadero en el que crece una especie de lirio gigante, la Victoria cruziana. Hay proyectos más perturbadores como el de Aline Bouvy, de Luxemburgo, cuyo video La Merde gira en torno a las heces; o la propuesta de Maja Malou Lyse (Dinamarca), una pantalla gigante en la que se proyecta porno generado por Inteligencia Artificial; incluso una instalación interactiva con más de 200 muñecos bebés del artista Ei Arakawa-Nash (Japón), inspirada en su reciente paternidad de gemelos. Un impacto distinto es el que busca Perú con Sara Flores, la primera artista indígena en representar a su país en este certamen. Lo hace con tejidos de hipnóticos diseños realizados según la ancestral técnica del kené ligada al consumo de la ayahuasca. Los restos, la abrumadora instalación que Oriol Vilanova despliega en el Pabellón de España, se plantea como un “anti-museo” provisional, modelado por procesos de acumulación y repetición. El proyecto toma como punto de partida un cuerpo de trabajo que el artista catalán, afincado en Bruselas, ha desarrollado a lo largo de dos décadas mediante la recopilación continua de postales procedentes de mercadillos y circuitos informales. “Este es un proyecto específico para la Bienal pero viene de un trabajo a largo plazo con una colección de postales encontrada en los mercadillos, los rastros, esos lugares donde acaban los objetos de poco valor para tener una segunda vida; es como la última fiesta antes de la destrucción”, ha explicado, “la idea surge de ver el espacio, el pabellón y pensar en cómo una colección como ésta podría dialogar con el contexto, con esta arquitectura, creando una novela a través de los distintos fragmentos”.
Para Carles Guerra, el comisario del proyecto, “Oriol no habla explícitamente de decolonialidad o de cuestiones de género, en las que él entra, digamos, por la puerta de atrás, porque ¿qué son, si no, las postales, el instrumento de una colonización planetaria durante la era del turismo global?”. [Nick Cave, Amalgam]. Hasta el 22 de noviembre. Venecia. Varias sedes. Labiennale.org







