• Marcel Duchamp, “el anti-artista” revolucionario

    «¿Por qué se considera esto arte?» es una pregunta que suelen plantearse los espectadores de arte contemporáneo. Y es prácticamente imposible responderla sin aludir a Marcel Duchamp que, a lo largo de sus seis décadas de carrera, desafió la propia definición de la obra de arte. Aunque era alérgico a los «ismos», tuvo una poderosa influencia en varios movimientos del arte moderno desde el cubismo y el surrealismo hasta el pop. Su práctica estuvo marcada por la reinvención continua y la inconsistencia deliberada: «Me he obligado a contradecirme a mí mismo para evitar conformarme con mi propio gusto.» Redescubrimos la figura de este “anti-artista”, con motivo de la espera retrospectiva que le dedica el MoMA, la primera en Estados Unidos desde 1973. Con casi 300 obras expuestas, ofrece una vasta panorámica de la carrera de Duchamp desde 1900 hasta 1968. Una sección clave aborda la invención del readymade como una forma de escultura, que describió en 1961 como «la idea individual más importante venida de fuera de mi trabajo.» A pesar de ocupar una posición preeminente en numerosos grupos artísticos a ambos lados del Atlántico -incluidos el cubismo, el dadaísmo y el surrealismo- Duchamp se resistió a ser encasillado, priorizando siempre la individualidad creativa. Aunque es recordado principalmente como artista, también fue comisario, conservador, asesor artístico, jugador profesional de ajedrez, escritor, inventor y celebridad. Si bien le gustaba referirse a sí mismo como un simple respirador o «respirateur», su amigo de toda la vida, el fotógrafo Henri-Pierre Roché, dijo que lo mejor de Duchamp era el «uso de su tiempo». Consagrado como uno de los artistas más influyentes del siglo XX, la muerte le alcanzó a los 81 años en su estudio en el suburbio parisino de Neuilly. Se apagaba así el “duque de Windsor del arte moderno”, como lo llamó Lawrence Alloway, conservador del Guggenheim. El crítico del New York Times, Alexander Keneas, escribió en su obituario: “Al igual que la sonrisa de la Mona Lisa, a la que puso bigote y perilla, Marcel Duchamp nunca dejó de ser un enigma.” [Marcel Duchamp, c. 1957 © Michel Sima / Rue des Archives / Cordon Press © ADAGP París]

     

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