El humor subversivo de Maurizio Cattelan (Padua, 1960) le ha granjeado una reputación como enfant terrible del mundo del arte. El italiano, que prefiere definirse como “trabajador del arte» más que «artista», término que considera elitista, canaliza su ingenio irreverente a través de diferentes medios, desde la escultura y la taxidermia hasta la performance y el comisariado de exposiciones.
De formación autodidacta, hijo de un camionero y una asistenta doméstica, trabajó fabricando muebles antes de lanzarse al ruedo artístico en 1989. A mediados de la década de los 90, se hizo conocido por su uso de la taxidermia, un vehículo perfecto para sus bromas macabras: en Bidibidobidiboo (1996), una ardilla cae sobre una mesa de cocina con un revólver a sus pies en un aparente suicidio mientras que en Novecento (1997), un caballo cuelga del aire como alegoría de un siglo exhausto. A finales de esa década, produjo varias efigies de cera hiperrealistas a tamaño real, la más famosa de las cuales, La Nona Ora (1999), representaba al papa Juan Pablo II tras ser derribado por un meteorito. Dos décadas más tarde, en 2019, volvió a dar otro golpe de efecto con Comedian, el plátano colgado de la pared con una cinta adhesiva, donado al Guggenheim por un comprador anónimo. En 2024, una de las tres versiones alcanzó en Sotheby’s los 5 millones de dólares.
La Neue Nationalgalerie de Berlín acaba de inaugurar Night, su primera gran exposición individual en Alemania. La muestra, abierta hasta el 7 de marzo, reúne piezas icónicas como Him (2001), La Rivoluzione Siamo Noi (2000) y Untitled (2003), inspirada en la novela El tambor de hojalata de Günter Grass, junto con nuevos encargos, que dialogan con el majestuoso edificio ideado por Mies van der Rohe. En conjunto, estas obras sintetizan las preocupaciones más recurrentes en la práctica de Cattelan: la tensión entre la inocencia y la violencia, la construcción de la identidad y la incómoda persistencia de la memoria histórica. El artista, afincado en Nueva York, ha hablado con el museo alemán de su conexión personal con Alemania además de desvelar cómo le inspira la noche y qué sensación le gustaría que sus obras provocaran en el espectador.
¿Cómo se siente al volver a Berlín? Berlín ha sido parte de mi vida durante más de veinte años. En 2006, junto con Ali Subotnick y Massimiliano Gioni, comisariamos la IV Bienal de Berlín. En lugar de centralizarla en un museo, la construimos alrededor de Auguststrasse, transformando una calle en una exposición. Desde entonces, he vuelto a Berlín con frecuencia, pero nunca había tenido una muestra individual aquí hasta ahora. Por eso, no lo siento como un regreso sino como completar una relación que ha estado desarrollándose durante mucho tiempo. Hay un giro interesante: hace veinte años llevamos la exposición a la ciudad. Hoy, la conversación tiene lugar dentro de uno de los edificios museísticos más emblemáticos del siglo XX. Berlín es una ciudad donde la historia nunca se asienta por completo. La memoria y el cambio coexisten en un estado constante de tensión. Esa condición no resuelta está muy próxima al espíritu de Night, que no trata tanto de la muerte o la oscuridad sino del momento en que la certeza comienza a desaparecer.
La Neue Nationalgalerie es un edificio cargado de historia y peso arquitectónico, ¿qué pensó instintivamente cuando surgió la posibilidad de trabajar aquí? Cada espacio expositivo es un desafío, pero la Neue Nationalgalerie es particularmente inusual porque el edificio ya se siente como una obra de arte. Mies van der Rohe creó un hito arquitectónico extraordinario: un espacio casi sin jerarquía, sin principio ni fin claros y sin distinción real entre interior y exterior. Las paredes de vidrio disuelven el límite entre el museo y la ciudad. Es, en muchos sentidos, la idea de un museo sin fronteras. Al mismo tiempo, esa apertura radical puede convertirse en un reto para los artistas. La mayoría de las exposiciones se basan en muros, secuencias, umbrales y divisiones -precisamente los elementos que Mies intentó eliminar. La cuestión, entonces, no era cómo llenar el espacio, sino cómo darle ritmo sin traicionar su apertura. En vez de competir con la arquitectura, primero intenté entender su lógica. Trabajar en la Neue Nationalgalerie significa aceptar que el edificio nunca es solo un contenedor. Siempre es un participante activo en la exposición. Hasta el 7 de marzo. Neue Nationalgalerie, Berlín. [Foto © Neue Nationalgalerie – Stiftung Preußischer Kulturbesitz / David von Becker]



