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    Lingotes de arte: la Colección Banco de España

    Un edificio inmenso, perfecto para perderse, hallarse después y volver al caos. Los pasillos del imponente inmueble que se levanta en los Madrazo número 29 de Madrid hay que recorrerlos con un mapa. O con una guía. Hacerlo junto a Yolanda Romero, conservadora jefa de la colección desde hace siete años, es la mejor opción. Nos recibe una fotografía bárbara de la portuguesa Helena Almeida, y a partir de ahí, a derecha e izquierda se camina entre arte. 120.000 metros cuadrados a través de los que respirar cultura y llenar los pulmones de historia. De Francisco de Goya a Van der Hamen, de Carlos Aires a Alfonso Albacete o Chema Madoz, de Sorolla a Vicente López, pasando por una excepcional colección de relojes, impresionantes tapices y alfombras y unas vidrieras que convierten al Banco de España en un singular arco iris, una fortaleza que custodia lingotes de arte. ¿Cuánto se pagó por el primer retrato encargado por el entonces Banco de San Carlos? Fueron 2.328 reales de vellón por la pintura de José de Toro y Zambrano, primer director de la entidad.

    ¿Cuál es el criterio seguido para formar una colección de arte como la del Banco de España? Esta es una colección que no se ha hecho a golpe de talonario ni con el objeto de almacenar, de guardar o de poseer. No se considera como un activo del Banco de España. Todo lo contrario. El 90 por ciento de las obras está expuesto en los edificios que tiene el Banco de España y también en las 15 sucursales que están repartidas por toda España. Además, hay una parte muy importante y quizá no tan conocida como la pintura, la fotografía, el dibujo o la obra gráfica, dedicada a la escultura y las artes decorativas y que otorga esa especificidad a la colección. Son obras que se han ido adquiriendo a lo largo de dos siglos y que ofrecen una lectura del momento histórico: la Ilustración, la Restauración, el franquismo, la llegada de la democracia y la España actual. Es una manera de poner en contexto a los artistas españoles.

     

    La colección está dividida en dos grandes bloques Estamos hablando de un conjunto de 4.000 obras, que tiene una parte de arte clásico, que abarca obras realizadas desde finales del siglo XV hasta finales también del XIX y que representa un 20 por ciento de los fondos artísticos del Banco. Y junto a esta, una parte contemporánea que se inicia básicamente con la democracia, el momento en que las instituciones culturales tratan de homologarse con Europa y en que se decide adquirir para apoyar y promover la cultura. Es durante los años ochenta y noventa cuando cobra importancia la idea de formar una colección como tal. Es decir, se pasa de una ligada al desarrollo de la institución a, ya en la década citada, a comprar con el criterio de tener una colección pública, que es el carácter que tiene.

    Las obras ocupan los pasillos, las estancias. No están únicamente en los despachos, sino a la vista de cada trabajador Todos los que trabajamos en este edificio, somos el principal público que ve las obras diariamente. Muchos de los trabajadores han mostrado un especial interés por las piezas, que contemplan cada día y con las que conviven. Al pasar delante de ellas te fijas, te llaman la atención, te paras, las observas. Cada una posee un código QR que permite acceder a la información. Existe una conexión: la obra lleva a que el espectador se interese e incluso llegue con el tiempo a comprar y coleccionar. Además de marcar el espacio, lo hacen más vivible. Las paredes de cada pasillo no serían lo mismo desnudas. Tienen también una función de acompañamiento. En un mismo espacio se reúnen, por ejemplo, una obra atribuida a Fortuny,  “Billete de cien pesetas”, obra de 1898, una pieza con los primeros billetes de la democracia, con los rostros de Rosalía de Castro, Galdós, Juan Ramón Jiménez y Clarín y de Juan Carlos I y el entonces Príncipe Felipe, obra de Francesc Ruiz de 2016 y la serie de dos fotografías dedicada a la cámara del tesoro que firma Cristina Lucas, de 2014, tomadas en la reserva del Banco de España, las primeras que se realizaban en este espacio por un artista, o los ojos que todo lo ven, vigilan y controlan, de Carlos Aires (Reflections in a Golden Eye, 2018), situados estratégicamente de frente, al final de un larguísimo pasillo, lo que subraya la importancia del billete y del dinero como instrumento difusor de ideas. Un proyecto vivo al que van a seguir trabajos en distintas cámaras del oro de otros bancos.

    El edificio es en sí mismo una joya arquitectónica, un precioso continente que guarda un contenido muy rico. El edificio es una obra de arte. En la exposición dedicada al arquitecto, Eduardo de Adaro, que se puede visitar hasta febrero de 2024, se pone de manifiesto la importancia que tiene y lo que supuso en su momento la construcción, todo un acontecimiento. Se expone una maqueta en la que se pueden observar las sucesivas ampliaciones del edificio con los arquitectos que las han llevado a cabo, incluso las más recientes. Las fotografías de Laurent y Cía dan fe de cómo se levantó y documentan los primeros pasos de la construcción. Junto a estas, en pleno siglo XXI, las tomadas por Candida Höfer, Javier Campano, Jorge Ribalta y la serie documental de Manolo Laguillo, Adaro. Un estudio de caso, a la manera de una hoja de contactos monumental que escudriña cada esquina y cada ángulo. Si la fachada es impresionante, el interior, con esa combinación de cristal y hierro en parte de sus dependencias, constituye una obra extraordinaria, como es el caso, por ejemplo, de la biblioteca. La luz era un elemento clave para el arquitecto y entra aunque el día sea oscuro. Las zonas de paso están muy cuidadas, la Escalera de Honor, en mármol de Carrara, es de una belleza tremenda. Ten en cuenta que no estamos ante un edificio cualquiera, y que, por tanto, en 1884, que es cuando se coloca la primera piedra, se convierte ya en un referente arquitectónico de la ciudad de Madrid. Es la obra de ingeniería más importante de la segunda mitad del siglo XIX… [Gema Pajares. Foto: Alfredo Arias]

     

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